La mujer que quiere dejar de ser la alemana de la flauta Me llamo Jutta

  • La vecina de origen alemán necesita una silla de ruedas eléctrica y busca un alquiler que estaría pagado por una entidad donante y gestionado por Iguales en Acción

La ciudadana alemana empadronada en Cádiz Jutta Lenes. La ciudadana alemana empadronada en Cádiz Jutta Lenes.

La ciudadana alemana empadronada en Cádiz Jutta Lenes. / Lourdes de Vicente

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Se llama Jutta Christine Lenes, nació en Alemania, estudió Filosofía. Tiene 59 años de vida, de una vida complicada en su país del que se fue y al que no quiere volver. Tenía dos hijos... “Uff –lamenta– el pasado es dolor”. Jutta es vecina de Cádiz desde hace 20 años, diez años antes lo fue “de Algeciras”, dice con su español limitado y educado. Jutta tocaba la flauta, ya no, “no puedo”, “no tengo muchas ganas”. Porque Jutta está enferma y cansada. Muy cansada. Jutta se enfadaba, y se enfada, a veces, cuando se siente en peligro o cuando ella cree que está en peligro. Se enfada en alemán y grita para, en la mayoría de las ocasiones, olvidarlo después. Jutta da las gracias tras cada respuesta y se reacomoda en la silla de ruedas en la que está postrada desde hace cuatro meses. Jutta necesita un techo permanente. Y cuenta con el respaldo económico para pagarlo, y cuenta con la asistencia de otras personas para mantenerlo, pero no hay techo para Jutta. “Me llamo Jutta, gracias por estar aquí”. Pide un café solo.

Todos la conocen en la ciudad. O creen conocerla. Quizás ese es el problema. Amparo Muñiz, una de las cuatro personas voluntarias de Iguales en Acción que acompaña a Jutta en su rutina diaria, la ayuda a explicar las dificultades que la separan de conseguir un poco de luz para su futuro. “Pero el estigma con ella es tan grande...”, se queja.

Hace cuatro meses Jutta apenas se movía del rincón de la calle San Francisco donde había encontrado resguardo. La gente de Iguales se dio cuenta. Jutta estaba muy parada, demasiado parada, pero nadie parecía percatarse. Se acercaron a ella y la convencieron para que se dejase ver por un médico. Efectivamente, Jutta padece de un deterioro óseo muy importante. Tanto, que harían falta cuatro intervenciones quirúrgicas para enmendar, algo, su situación. “El traumatólogo dice que no cree que pueda volver a recuperar la movilidad”.

La organización le consiguió una silla de ruedas, con lo que abandonó “las muletas que he llevado diez años”, precisa la mujer, que está necesita una silla de ruedas eléctrica para poder ganar un poco más de autonomía (si dispone de una, contacte con Iguales en Acción). Una osteoporosis de libro, agravada por décadas de tener asfalto y empedrado por colchón, más cierto síndrome disociativo fruto de algún trauma pasado, son las mochilas con las que carga Jutta que, a través de las gestiones de Iguales en Acción, actualmente, y provisionalmente, pasa las noches en el albergue municipal.

Jutta (recordemos, impedida, dependiente, deteriorada, estigmatizada) se enfrenta a la misma complicada situación de otras personas en realidad de calle que pernoctan en estas dependencias públicas: salir a las ocho de la mañana del albergue y no poder volver hasta las seis de la tarde.

La voluntaria de Iguales en Acción Amparo Muñiz con Jutta Lenes. La voluntaria de Iguales en Acción Amparo Muñiz con Jutta Lenes.

La voluntaria de Iguales en Acción Amparo Muñiz con Jutta Lenes. / Lourdes de Vicente

“Allí todo va bien pero sólo me dejar estar de noche, yo quisiera ir ahora a descansar”, expresa con palabras entrecortadas. Y es que son la una de la tarde, acaba de almorzar en el comedor social de María Arteaga y le quedan casi cinco horas de calle en las que acallar su dolor de cuerpo, en las que buscarse la vida para hacer sus necesidades (“casi ningún bar la quiere dejar entrar y, ¿entonces?, ¿qué hace?, ¿dónde lo hace?”) y en las que lidiar con el entorno.

Hoy, como todos los días, Jutta se levantó temprano. A las ocho ya está Amparo esperándola en la puerta del albergue para llevarla a desayunar a Calor en la Noche. Después la deja en las inmediaciones del Mercado, en la escalera del desamparo en la que se ha convertido Correos, mientras cuenta el tiempo que resta para el comedor.

¿Adónde vas ahora, Jutta? “Ahora a puerta de albergue, a esperar”. Toca inconscientemente la abultada bolsa de plástico que lleva enganchada en la silla de ruedas y que reposa en sus piernas. Hago un gesto de interrogación a Amparo. “Ahí lleva dos mantas, una la estira en el suelo, con la otra se tapa, y ahí echada espera en la plazoleta a que abra el albergue”.

La conocida ciudadana duerme de forma provisional en el albergue municipal

La espera no es siempre tranquila. “A veces le tiran naranjas, le dicen cosas nada agradables...” Hace unos días, de hecho, tuvo un pequeño incidente. Unos niños jugaban en la plazoleta, y con el jaleo completamente natural formado por los chiquillos, Jutta se despertó asustada y comenzó a gritarles. “La reacción de los padres fue decir que nos la lleváramos de allí, que se fuera, mientras que los niños decían la calle es para jugar. Y yo me hice la reflexión, efectivamente, la calle es para jugar pero desgraciadamente hay personas que viven en la calle y que quizás si los padres explicaran a los niños eso y, nosotros, por nuestra parte, hiciéramos comprender a Jutta que los niños no están haciendo nada malo y que no le va a pasar nada, todo iría mejor. Desde luego la solución no es echar a nadie”, explica Amparo, testigo de la situación.

De todas formas, Jutta no quiere estar en la calle. A Jutta le duele el cuerpo, le cuesta moverse. Quiere un techo, y tiene la posibilidad de conseguirlo. Una entidad, que quiere permanecer en el anonimato, se ha ofrecido para pagar el alquiler de un lugar para vivir a Jutta, la organización Iguales en Acción se compromete a velar por el buen mantenimiento de la casa y ayudarla en la convivencia vecinal pero, hasta ahora, nadie ha querido alquilarle ni una pequeña habitación con un cuarto de baño, que es lo único que necesita. Iguales no ceja, lo sigue intentando.

Se llama Jutta, está empadronada en Cádiz, ya tiene su DNI y su pasaporte. Tiene su seguimiento médico y social. Está recuperando su identidad pero necesita un techo para mejorar. Se llama Jutta.

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