40 aniversario de su muerte

Pemán cabalga de nuevo

  • El gaditano se comprometió muy temprano políticamente con un ideario con tres puntos básicos: la defensa de la Monarquía como forma de gobierno, la religión católica y la unidad de España

Don Juan de Borbón saluda de manera efusiva a José María Pemán.

Don Juan de Borbón saluda de manera efusiva a José María Pemán. / DC

Fue un caluroso día del mes de julio de 1981, con el viento de Levante dispuesto a hacer de las suyas. El día del entierro se desató con furia. Como solo él suele hacerlo. La plaza de San Antonio, donde había residido durante largos años el finado, estaba abarrotada. Era la manera de la gente de Cádiz de dar su adiós, a quien era su paisano y había llevado el nombre de la ciudad por los cuatro puntos cardinales del mundo. El ABC despedía a José María Pemán de la siguiente manera: Cádiz, entristecido, se ha parado de pronto.

El escritor siempre se había hecho presente entre sus vecinos. Se le encontraba por las calles y plazas, donde con tanta frecuencia era saludado por ellos; en las instituciones y eventos culturales o en el cine. Nadie podía entonces presagiar que un hombre tan sumamente popular y conocido, pudiese al cabo ser condenado al ostracismo. Aún recuerdo la tarde, apenas unos años antes de morir, en que le vi de cerca, acompañado de su hija, contemplando una película en el teatro Falla. El Parkinson, la enfermedad que padecía desde hacía tiempo, se había apoderado casi de todo su cuerpo. Sin embargo, seguía manteniendo todavía sus viejos hábitos y aficiones, entre los que figuraba la asistencia periódica al cine.

¡Cuántas ideas, reflexiones y experiencias no habría acumulado a lo largo de sus 84 años de existencia! Se trataba, sin duda, de una vida larga, que le había permitido desarrollar lo que constituían sus dos vocaciones más insistentes: la política y, sobre todo, la literatura.

La España que le tocó vivir estuvo marcada por varias convulsiones coincidentes con su niñez, juventud y primera madurez (entre 1897 y 1940 aproximadamente) y luego por la estabilidad inquieta de los restantes cuarenta años de su vida.

Como tantos intelectuales de su tiempo, Pemán se comprometió muy temprano políticamente. Y lo hizo con un ideario de tres puntos básicos: la defensa de la Monarquía como forma de gobierno, la religión católica como fundamento de la nación española y la unidad nacional frente a los intentos de ruptura de la misma. No puede resultarnos extraño de que hoy se le rechace por parte de aquellos que los combaten.

Pero, hasta hace apenas unas décadas, la figura de Pemán era respetada y hasta admirada. La organización de las exposiciones, de las que me cupo el honor de ser comisario en unión de Antonio Llaves, en la Diputación de Cádiz, así como de la que siguió en la Biblioteca Nacional de Madrid en el año 1997, con la participación activa en ambas la institución gaditana, son una prueba fehaciente de ello. Pero, eran otros tiempos…

Con justicia se reconocían entonces, en la persona del escritor, como concurrente, toda una serie de obras e ideales imperecederos. Mas eso no bastó después para hacerle desaparecer de los libros de literatura de la Comunidad Autónoma, retirar su efigie y querer borrar su recuerdo. No hace mucho que nos hemos topado con una perla de esta injusta actitud: la anulación por las bravas de la placa que indicaba el lugar de su nacimiento en la calle Isabel la Católica de Cádiz, nombre que cualquier día harán desaparecer también.

En contraste con esta deriva, contra la que se debe de reaccionar, la obra de Pemán difícilmente podrá ser olvidada. Y ello nos conforta frente a tanta sinrazón. Como Guadiana literario desaparecerá para reaparecer de nuevo. Imposible borrar de un plumazo obra tan rica y variada como la suya, figura tan egregia.

En persona, José María Pemán fue un hombre bondadoso, abierto a todos, incluso a quienes le habían combatido. Estaba dotado de una capacidad sobresaliente para la oratoria. Su español es limpio y claro, el mismo que, junto al contenido de su obra, le llevaría nada menos que a la dirección de la Real Academia de la Lengua Española. Pemán era asimismo andaluz y gaditanísimo por los cuatro costados, pero con proyección indudable fuera de las fronteras regionales. Con sus viajes a Hispanoamérica, y desde su atalaya madrileña junto al Museo del Prado, logró establecer contactos en los ámbitos literarios más importantes del momento. La Real Academia Hispanoamericana reconoció muy tempranamente sus méritos, incorporándolo a su Junta de Gobierno, para elevarle más tarde hasta la propia dirección de la institución. Otras corporaciones le fueron aceptando igualmente entre sus miembros, casi siempre llevándole a puestos relevantes. Así, el Ateneo y el Casino gaditanos o las hermandades y cofradías andaluzas.

Pemán, a la izquierda, con Dámaso Alonso y Salvador de Madariaga. Pemán, a la izquierda, con Dámaso Alonso y Salvador de Madariaga.

Pemán, a la izquierda, con Dámaso Alonso y Salvador de Madariaga. / DC

Pemán cultivó todos los géneros literarios, incluidos aquellos que le llegaron de la mano de las nuevas tecnologías de entonces, como los guiones para TV, el cine o las comedias musicales. Recordemos a este respecto su adaptación para España de la obra Jesucristo Superstar. Si hoy viviera, seguro que se haría presente también a través de medios como Internet, YouTube o de algunas de las redes sociales de fama. E, incluso, por medio del libro electrónico.

La larga vida de Pemán le permitió participar en los grandes acontecimientos de la vida política del siglo XX. Es más, yo diría que no se puede entender la España de esta época sin tomar en cuenta al escritor, tanto por sus éxitos literarios como por su intervención en la vida pública. Fue una de las cosas que llamó mi atención, cuando me hice cargo, junto a Antonio Llaves, del archivo del escritor. En él se conservan libros, textos y, sobre todo, una abundante correspondencia de Pemán con figuras emblemáticas de su tiempo de diferentes colores: Miguel y Antonio Maura, Ángel Herrera Oria, Miguel Primo de Rivera, Vegas Latapié, Don Juan de Borbón, Gil Robles, Carrero Blanco, Francisco Franco, Adolfo Suárez, Manuel Machado, Alberti, Buero Vallejo, Luis Mª Anson, Jean Anouilh, Manuel Siurot, y un largo etc. de personalidades de la política y la cultura. A todo ello debemos añadir su relación con personas conocidas de Cádiz y su provincia. Recordemos su correspondencia con Fernando Quiñones, Jesús de las Cuevas, Pilar Paz Pasamar, Gitanilla del Carmelo y Ramón de Carranza, entre otros.

La infancia, adolescencia (aunque esta no existiese entonces como etapa diferenciada) y primera juventud de Pemán estuvieron marcados, políticamente hablando, por la crisis del sistema de la Restauración y el gradual hundimiento de la monarquía borbónica, entonces representada por la figura de Alfonso XIII. Al término de esta etapa, Pemán comenzaría a tomar conciencia de la situación del país y de la necesidad de comprometerse políticamente. En contraste con este escenario, el momento era de un importante auge cultural, identificado como la Edad de Plata de la cultura española, otro acicate más para el desarrollo de su vocación literaria, que luego se le terminaría autoimponiendo. De su presencia en los juegos florales, donde puso a prueba su habilidad poética, Pemán pasa a sus primeros libros de versos de carácter popular, influidos por el clasicismo y la literatura del Siglo de Oro.

En los últimos años de la crisis política aludida, se define el primer compromiso político de Pemán, orientado a buscar, junto a algunos hombres del régimen, una solución política adecuada, dentro de la Monarquía parlamentaria de D. Alfonso. Así, para preservarla de los avatares políticos peligrosos y de los ataques provenientes del sector republicano y de la izquierda, el escritor participará en el proyecto de Miguel Primo de Rivera con vistas al inicio de un tiempo nuevo, una vez apaciguada la situación. La solución propuesta en España no era muy diferente de la de otros países del momento: una alternativa al gastado sistema de partidos mediante fórmulas de carácter autoritario, tanto en la izquierda como en la derecha. Tal fue el propósito del golpe de Primo de Rivera de 1923. Pemán se incorporó al proyecto de un partido único, la Unión Patriótica, convirtiéndose a la par en uno de sus ideólogos.

A pesar de la acogida inicial, por parte, incluso, de la izquierda, y de los logros conseguidos por la Dictadura primoriverista, la alternativa no funcionó. En sustitución de la misma se instauraría la República, ya ensayada con anterioridad en España en 1873. El período republicano, junto a algunos logros, supuso a la postre la escisión y el enfrentamiento entre españoles, y se salda, como todos bien sabemos, con la Guerra Civil del 36, que obliga a tomar partido, incluso a aquellos que habían apostado por una solución pacífica al conflicto.

Pemán, tras grandes éxitos de público con sus obras teatrales, sobre todo con El Divino Impaciente, se incorporará al llamado bando nacional, junto con muchos otros españoles que se sienten atacados en sus profundas convicciones religiosas, ven la patria amenazada por los separatismos y la puesta en marcha de una revolución social de signo marxista y anarquista. Es un período de intensa actividad para nuestro escritor, a través de la pluma y de la palabra. La obra literaria de estos años se ve afectada, como no podía ser menos, por el terrible drama de la Guerra.

Cuando se restablece la paz, Pemán abandona pronto su anterior actividad militante para retomar la literatura, que, según sus propias palabras, constituye su verdadera vocación. Así, tras un paso efímero por la Delegación de Cultura de la Junta Técnica del Estado en plena Guerra Civil (1937), volverá a sus actividades ordinarias.

Con el transcurso de los años, el escritor se va haciendo progresivamente más extraño al Régimen instaurado. A su adhesión a la Monarquía, mantenida incluso en tiempos difíciles, se une ahora la negativa de Franco a darle paso, abandonando la Jefatura del Estado. Los esfuerzos de Pemán para que esto se lleve a efecto resultarán baldíos. Don Juan, el heredero de la dinastía tras el apartamiento de sus dos hermanos mayores, crea su propio consejo, en su autoimpuesto destierro portugués, del que el escritor llegará a ser presidente. Don Juan se mantiene a la expectativa de llegar a reinar; pero esto, como sabemos, por decisión del propio Franco, jamás ocurrirá. Al contrario, este jugará con la posibilidad de varios candidatos, manteniendo así la tensión, hasta que, finalmente, ante la sorpresa de muchos, proponga en 1969 a D. Juan Carlos para la sucesión.

Ante la decisión, Pemán y la mayoría de miembros del Consejo, convencerán a D. Juan, para que acepte la decisión tomada por Franco por el bien de España. Para entonces se ve con claridad que la única Monarquía posible para España ha de ser un Monarquía integradora y democrática. Y así quedará confirmado cuando, a la muerte de Franco, acceda al trono Juan Carlos I. El reconocimiento y la recompensa por los inestimables servicios prestados a la monarquía y a España le llegarán a Pemán a través de la concesión del Toisón de oro, ¡todo un símbolo!, de manos del propio rey, justo reconocimiento de una trayectoria consagrada a la defensa y promoción de la causa monárquica.

En definitiva, Pemán fue un monárquico coherente. La monarquía que él contribuyó a traer es el sistema de gobierno que existe hoy en España, la misma que impulsó en tiempos difíciles y que le costó no pocos disgustos. De otra parte, su catolicismo sincero enlaza abiertamente con una rica tradición española de siglos. Impregnó su vida impulsándole a ser mejor y ayudar cuanto pudo a los demás, incluso en los años de hierro, los inmediatamente posteriores a la Guerra Civil. Ahí están las cartas de su archivo para probarlo.

Su labor literaria abordaría, según se ha dicho, todos los géneros literarios. Y aunque una parte de sus obras de teatro, exitosas en sus primeras representaciones, no obedezca ya a los gustos de nuestro tiempo, en cambio, su pluma magistral le ha convertido en un maestro indudable de los artículos periodísticos, como vienen a reconocer hasta sus propios contradictores. Aquí el escritor despliega su magnífico dominio del idioma, la fina ironía, la variedad temática que le caracteriza. Como también destacará en la creación del personaje televisivo de El Séneca, al que da vida con guiones llenos de agudeza. De la misma manera que sobresale también en una buena parte de su obra poética, donde vira entre el verso sencillo y popular, y la belleza y profundidad de sus poemas de carácter religioso, pasando por otros, impregnados de sentimiento, de contenido lírico. Finalmente, sus libros de memorias y recuerdos nos aportan claves importantes para la comprensión de su personalidad y de la España del siglo XX.

En definitiva, aunque los tiempos corran malos para la figura de Pemán y su obra, este 40 aniversario puede servir muy bien para la reivindicación de ambas y preparar así el camino para su pronta rehabilitación. Mientras, no solo es preciso recordarlos, sino divulgar su obra e instar periódicamente a las autoridades a reconocer los méritos de quien es un autor importante de la literatura de habla hispana, mal que a algunos les pese.

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