Mendigos y sin un techo, pero no solos

Una noche con los voluntarios de la Unidad Móvil de Emergencia Social de Cruz Roja que atiende a los sin techo

Mendigos y sin un techo, pero no solos
Mendigos y sin un techo, pero no solos
Emilio López

22 de noviembre 2009 - 08:59

"Falta más empeño del Gobierno y de los partidos. Deben cambiar algunas cosas, sobre todo crear más empresas en vez de cerrarlas y formar a la gente", afirma un onubense de 39 años, soltero, en paro, que vino a Cádiz a buscar empleo y que pernocta actualmente en los soportales del edificio situado entre la sede actual de la Subdelegación del Gobierno y la gasolinera de Puertas de Tierra.

Está junto a la Unidad Móvil de Emergencia Social de Cruz Roja, un proyecto subvencionado por el Ayuntamiento, que se viene desarrollando desde el pasado 1 de julio, para atender a personas sin hogar y en riesgo de exclusión social. Todos los lunes, miércoles y viernes reparten bebidas calientes, bocadillos y material de higiene personal a los sin techo para cubrir sus necesidades básicas, además de informarles de los recursos disponibles para contribuir a su reinserción social.

A las siete y media de la tarde, en la sede provisional de Cruz Roja, en la calle Eslovaquia, un grupo de voluntarios, ultiman la logística para salir a la calle. María López, Francisco Javier Villaescusa, Ricardo Holgado y José Luis Sánchez Rodríguez, coordinados por José Macías Illescas, se afanan en preparar un centenar de bocadillos de chorizo, chopped y mortadela, además de preparar caldo y café.

Ya tienen elaborada la hoja de ruta, que establece las paradas, desde la plaza César Vallejo, en La Laguna, hasta la glorieta de Carlos Cano, frente a La Caleta, que recorren entre las nueve de la noche y la una de la madrugada.

María López, con más de 20 años de voluntariado en Cruz Roja, mientras que ultima los bocadillos, dice que el perfil de los sin techo ha cambiado, porque ahora los hay de todas las edades.

Desde junio han atendido personas y han detectado que también hay familias que se acercan al furgón para recoger alimentos.

Es clave cumplir los horarios de la hoja de ruta, porque ya los conocen los sin techo de cada zona, que en general son personas que se han quedado sin empleo, luego se les ha acabado el subsidio y ahora no pueden hacer frente a las hipotecas.

A las ocho y media de la noche parte el furgón con los voluntarios rumbo al primer lugar de encuentro, los alrededores de la parroquia de San Servando y San Germán, donde ese día no hay nadie esperando, por lo que siguen hasta las proximidades del mercado de San José.

Allí los espera Jesús, gaditano, de 42 años, separado, que después de nueve años trabajando en Palma de Mallorca se ha quedado en paro al declararse la empresa en suspensión de pagos. Es oficial primera de la construcción y al agotar el paro ha regresado a Cádiz, donde vive en la calle.

Se acerca otro gaditano de 49 años, que no da su nombre. Dice que ha trabajado de peón, pero que con su edad ya no lo coloca nadie y por eso vive en la calle, como Juan Alcántara Almerón, de 64 años, que lleva ocho durmiendo en un banco, donde incluso han intentado quemarlo en una ocasión. No se relaciona ni con su mujer ni con su hija y dice que lo ayuda la gente del cercano mercado.

La UMES se traslada a las Puertas de Tierra y el furgón se detiene a la altura de la actual sede de la Subdelegación del Gobierno, toca el claxon y salen de los soportales tres personas, una mujer de edad avanzada y dos hombres.

Uno de ellos es Francisco Riera García, palentino, de 50 años, alto y fornido, que bromea porque los de Cruz Roja han llegado a ese punto algo más tarde que en otras ocasiones.

Trabajaba en Sevilla en la construcción, la empresa cerró hace ocho meses y está pendiente de juicio. Para poder cobrar el paro dice que sólo le hace falta que lo den de alta un día, pero afirma que nadie se fía de él.

Junto a él, se encuentra el joven onubense citado al principio, al que le cuesta hablar sobre su situación, y María del Carmen, una gaditana que pide dos vasos de caldo caliente y sendas raciones de bocadillos y se encamina hacia los soportales para reencontrarse con Leopoldo, un canario de 79 , con el que convive desde hace 2 años.

La pareja, que ya le resulta familiar a los voluntarios de Cruz Roja, es la que se sitúa por las mañanas en un cajero de la calle San Francisco, desde el que él desea los buenos días a todos los viandantes. Leopoldo afirma que es un bohemio y que vive desde hace seis años como a él le gusta, pese a tener familia el Córdoba.

María del Carmen confiesa al respecto que es el hombre más sabio que ha conocido, y él asegura que es socialista, pintor, albañil y del Barcelona, y que le gusta mucho vivir en Cádiz.

Desde las Puertas de Tierra el furgón se dirige a la fuente de las Tortugas, junto a la Diputación, donde ya hay otro grupo de personas esperando. Entre ellos otros dos canarios, uno de ellos de Las Palmas, con 66 años de edad, que afirma que lleva tres viviendo de la caridad de los demás, y otro de Tenerife, José Carlos Hernández Cabrera, de 38 años, que trabajaba de camarero en un bar de San Fernando y que por vez primera se ve en paro, lo que dice que no le desea a nadie.

Llega también un joven de 34 años, de Badajoz, que afirma que sus compañeros son los que le han informado de la llegada del furgón que reparte bocadillos y por eso se ha acercado a las UMES.

Es camionero, cuenta que le ofrecieron realizar un transporte pero no le gustó lo que llevaba. Vive en la calle hasta que su padre le mande dinero para poder pagarse el viaje de vuelta a su casa.

También se suma Roberto Igualador Benito, de 48 años, de Esteras de Medinaceli (Soria). Duerme en un cajero de la zona hasta que no le llegue la ayuda de 440 euros, después de haber trabajado de cocinero y camarero. Su esposa se llevó a sus seis hijos a Chile, donde viven ahora.

La ruta termina frente a la Caleta y un grupo de personas espera el furgón junto a la estatua de Moreno de Mora, entre ellos dos jóvenes, uno lituano y otro polaco, ambos con perfecto dominio del español. El primero quiere quedarse en Cádiz si encuentra un empleo y también el segundo, que renunció a su trabajo de camarero en Málaga para venirse.

Los últimos en llegar son una pareja extremeña formada por Miguel Jaramillo Marín, de 46 años, y María del Mar Muelas del Pino, de 23. Él asegura que no puede cobrar la invalidez permanente que padece porque adeuda 3.000 euros a la Seguridad Social. Llevan cuatro meses durmiendo en la playa de la Caleta y pasan el día pidiendo en la plaza de la Catedral, donde ella intenta atraer a los niños haciendo pompas de jabón y con juegos de globoflexia, si se lo permite la Policía Local.

Son las once de la noche, termina la ruta y el equipo regresa a su base, de donde saldrán de nuevo mañana.

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