Marea 3: Los Galeones
En memoria de Jorge Juan
22 de Enero de 1555. El galeón está íntimamente ligado a la historia de España, ya que de su llegada a las costas españolas dependía la economía de la metrópoli.
Podía haber muerto en la orilla de cualquier playa o sobre los arrecifes de cualquier isla. A fin de cuentas, yo Alonso, fraile en la Isla de León, estaba hecho a la vida en el mar. Y sin embargo, fui a morir en un jergón sucio de quienes creyendo que guardaba bajo mi hábito lingotes de plata, me llevaron a su casa de pescadores herido y medio muerto.
El galeón surgió en el siglo XVI como evolución de la galera y durante 150 años fue el buque de guerra por excelencia. El espolón de las galeras había perdido sus funciones ofensivas y ahora, sobreelevado en la proa, servía para apoyar el largo bauprés. Las superestructuras del alcázar y del castillo seguían siendo altas pero más estilizadas, especialmente en el castillo de proa. Las baterías artilleras principales se localizaban en dos o tres puentes bajo cubierta y en el castillo y los alcazarillos se ubicaban las piezas menores.
El palo de mesana y el mayor tenían dos velas cuadradas cada uno, y el trinquete una vela latina. En los más grandes galeones existía un cuarto palo a popa llamado contramesana o buenaventura con una vela triangular cuyos cabos o escotas se fijaban en un asta horizontal que sobresalía por popa y se denominaba botalón. En el bauprés portaba una vela cuadrada de cebadera.
El galeón está íntimamente vinculado a la historia de España ya que de sus arribadas regulares a los puertos españoles, provenientes de las Indias, dependía la economía española para sostener las frecuentes guerras en Europa a fin de mantener su posición como potencia mundial. Esta dependencia desvió la guerra hacia el mar ya que las otras potencias se dedicaron a interceptar los envíos de oro a España. En el Pacífico, el galeón de Filipinas era el encargado de mantener la comunicación entre Manila y los puertos mejicanos y, a través de éstos, con España.
Además de hombre de mar, era hombre de rosario y que fuéramos frailes en los grandes navíos que atravesaban las rutas atlánticas, era algo común. Teníamos la misión de mantener en la fe a los hombres que cansados de la mar vendían sus almas al diablo por un poco de ron. Pero también servimos en medio de huracanes y tempestades, ante la falta de capacitación para las labores marinas, de simple lastre, y éramos colocados a sotavento o barlovento, en la popa o en la proa, según las necesidades del piloto.
Los mejores pilotos y el mejor capitán posible en mi último viaje, Cosme Rodríguez Farfán mandaba la Flota de Tierra Firme, a la que pertenecía la Santa Cruz, la capitana. Para ser considerada como tal, hubo que dejar atrás a la nao la Gallega y al galeón San Andrés, destrozados por los continuos temporales.
Navegar en pleno invierno era terrible. La fuerza y furia de los vientos, las cuadernas del navío que crujen por las impetuosas olas, el frio del mar que se mete hasta en los huesos y ese silbido oscuro y tenebroso que recorre todos los rincones del barco. Todo queda inundado, a espacios breves, los justos que traen y llevan las olas. A ratos la cubierta queda desierta y a ratos llena de gente convulsa y agitada. Entonces, no vale más que apretar las manos a los fríos cabos, tirar de las sogas y amarrarlas al trinquete para paliar la voluptuosa rabia del viento. No hay más, ni siquiera rezos apresurados ante el fuego de San Telmo.
Arrojé el Agnus Dei al mar para aplacar las aguas ante el peligro inminente de la muerte. Todas las rodillas de los hombres al suelo y las manos ya libres de las cuerdas, juntas implorando al cielo. Y entonces, parece que el peligro pasa, y la inconstancia de los hombres, la transparencia y el poco peso de su fe es abandonada y vuelven las blasfemias y la obscenidad de sus palabras. Adiós al Dios compasivo e indulgente, vuelta al ron, al vino y al aguardiente.
San Agustín decía que el demonio habitaba los mares, y que las tempestades son sus actos de barbarie. Burlas y risas que desde el fondo de los mares se mofaban de nosotros mortales, que a duras penas nos manteníamos en píe mientras surcábamos el océano.
Por eso, al llegar a las costas andaluzas, exhaustos y cansados de tan duro viaje, habíamos dejado atrás los peligros, llegar hasta aquí y perecer era la mayor de las desgracias. Habíamos superado los problemas con la sobrecarga que llevaban los navíos, paliar las deficiencias de la propia carena de los barcos, logramos mantener a la tripulación fiel y disciplinada y los pilotos habían superado las adversas condiciones del clima y la severidad del invierno. Dejamos atrás el temible Golfo de México y los huracanes de las Bahamas y creímos estar a salvo.
Pero un nuevo temporal nos sorprendió frente a las torres de nuestra tierra. Ya contemplábamos la Torre del convento de Santa María, con sus pequeños azulejos que resplandecían incluso entre la lluvia. Y al entrar en la bahía, el convoy se disperso a pesar de los esfuerzo de Rodríguez Farfán.
La barra de Sanlúcar era impenetrable, el empuje del viento arrastraba a los barcos hacía fuera, a mar abierta. Y la Santa Cruz, a pesar de mis rezos, fue arrastrada por el mar hasta llegar frente a Zahara.
Las instrucciones eran claras, fondear el barco frente a la costa y esperar a que amainase el temporal. Pero esa visión de la costa fue precisamente lo que desato la ira de la muerte y exaltó los ánimos de los hombres presurosos de pisar tierra. Entonces, cortaron las amarras porque siempre fue mala conjunción el de la espera y el miedo. Y la costa, a la que veíamos a poca distancia nos atraía mientras las olas golpeaban fuertemente los costados del barco. Mala hora, en la que cortamos los amarres a la roca, porque la resaca llevo el barco mar adentro y el miedo a perder de vista la tierra, hizo que nos lanzáramos al mar. Muchos sin saber nadar siquiera, se atrevieron a ocultar alhajas y ducados y perecieron enriqueciendo los fondos marinos.
22 de Enero de 1555, martes de invierno en las costas gaditanas y las playas se llenaron de hombres a caballo que desde Vejer e incluso Tarifa fueron avisados del desastre acontecido a un barco lleno de tesoros de América. Y mientras decían ayudar a los que lograban llegar a la orilla, les quitaban los ropajes buscando alhajas y ducados.
Codiciosos hombres a los que no pudo imponerse la autoridad y el orden, y que asesinaron a golpes a los que lograron sobrevivir a la marea.
Desde la orilla, vi el casco del barco bocabajo. De un enorme agujero salían baúles, cajones, botellas y barras de plata, acompañados de decenas de cadáveres que golpeados por las rocas enrojecían las aguas.
Hombres de las almadrabas que trataron brutalmente a los que reposaban en la orilla, hombres pícaros acostumbrados a la carnicería de los peces, que nos pasaron a cuchillo.
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