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Eterna soledad en el último rincón de Cádiz

Las murallas de San Carlos, el paseo Pery Junquera y la Punta de San Felipe viven de los pescadores, de aficionados al footing y del Bar Manolo

Vistas de la ciudad de Cádiz desde la terraza del bar Manolo 'de la Punta'.
Diego Pereira Cádiz

28 de julio 2013 - 01:00

Como en una desoladora fotografía de un artista paisajístico, cuando ya no hay nada más, porque la tierra misma se ha encargado de frenar, un restaurante abre sus cancelas con el sonido histriónico que provoca el hierro oxidado.

El mar, que estalla contra sus paredes, acobarda al ruido y, de pronto, el tiempo comienza a marcarse por manecillas de reloj transformadas en cañas de pescar y en el trasiego de sillas de plástico rojas y ardientes de un restaurante, sin un nombre rotulado en el toldo, al fondo de un paseo solitario conocido como La Punta de San Felipe.

Para llegar hasta allí conviene detener el reloj. Pararlo. Aunque sean las 11:25 o las 13:45, al reloj hay que quitarle las pilas y cuando se arrancan de cuajo y se desprenden como un recién nacido del vientre de su madre, el tiempo ha quedado varado a las doce del mediodía. Y el sol aprieta. Y el paseo visto a lo lejos se niega a resucitar por la fuerza de un sol incapaz de congregar a las masas. Hay quien para llegar hasta el final, hasta la meta de aquel pequeño restaurante, comience el camino en el paseo de unas murallas, las de San Carlos, construidas en 1784, que guardan en su interior talleres y asociaciones de vecinos, y cuando llega septiembre, niños y adultos ensayan coplas de Carnaval.

Pero es arriba donde el paseante juega con la vista. Es arriba donde la soledad abate por primera vez; ni siquiera hay alguien que dispare alguno de los cañones carcomidos por la propia muralla que defendían, si es que había algo que defender sobre 1810 en aquella zona interior que da a Rota y al Puerto de Santa María, la ciudad; ni siquiera están aquellas parejas que jugaban a entrelazar sus manos después del franquismo, escondidas por espigadas ramas de árboles que velaban su privacidad.

El paseo de la muralla de San Carlos está desierto y da la sensación de que para subir hasta allí hace falta algo más que dos piernas y la templanza de una buena disposición, haría falta más bien estar buscando el impulso solitario de algún recuerdo. O, en el mejor de los casos, el placer de asentar los brazos frente a una balaustrada recién restaurada y posar los ojos en una Bahía hechizada por una bruja, la Piti, que es la nuestra, con el don de la juventud.

Se acabó. No puede ser. Hay múltiples lamentos en el aire. Cuando parece que aquel pequeño restaurante se acerca, se descubre que hay que dar media vuelta. Las murallas de San Carlos, con esa forma de L a la inversa, no dejan traspasar a nadie de forma directa hacia la siguiente etapa: el paseo Almirante Pery Junquera. Pero el trago se pasa y nuevamente la entrada a Pery Junquera se compone de bóvedas, ahora con talleres mecánicos y un instituto, y un paseo con palmeras enanas y unas discotecas cuyos nombres cambian con la facilidad que el viento lo hace en esta ciudad. Todo ello, hace pestañear al más incrédulo. ¿Cádiz? El mapa así lo dice, pero que parece otra cosa, aunque el mapa no tenga la potestad de decirlo, también podría ser cierto.

Por más que todo el mundo sepa, porque todo el mundo lo sabe, que aquella parcela de tierra a las tres de la madrugada es un hervidero de decibelios enchufados a la corriente lunar, a la hora en que nuestro reloj se ha quedado varado, el único sonido lo profiere el viento. Ese despiadado viento que molesta al perro que aprovecha para bañarse en una minúscula playa que aparece los días de bajamar y que se divisa desde la zona alta del paseo, y a los pescadores que ven como sus cañas se mecen y como ninguno de los peces que pululan por el agua desea besarlas. Algún submarinista aparece de pronto con un saco de lapas mientras se deleita al sol, frente a la imponente diosa Gades, después del esfuerzo realizado. Sin caer en la cuenta, el paseante acaba de entrar en la Punta de San Felipe.

Y poco a poco, como el que está descubriendo el infinito, el restaurante aparece, pintado como el mar, de blanco y azul, queriendo camuflarse en el ambiente. 45 años. Es la edad que tiene. La que confirma su propietario, José Manuel Rodríguez, al mismo tiempo que recalca que aquel bar al final de la Punta de San Felipe tiene nombre, Bar Manolo 'De la Punta', y unos precios que no han cambiado en seis años; dorada (10 euros), chocos (6 euros), lenguado (10 euros); y que dentro de una hora solo habrá unas cinco mesas para el almuerzo, porque el muelle ha perdido muchos puestos de trabajo y que a la noche se llena más, y lo que no dice, pero se palpa, es que la soledad es un gusto para un tiempo limitado, y allí, el espacio parece enfrascado en un tarro de colonia vieja que nunca se termina. Un envoltorio hermoso, con unas vistas privilegiadas pero estanco como la arena del desierto.

Las pilas vuelven al reloj y con ellas el paso del tiempo, y ahora, la caída del sol se descubre en el horizonte a través de ese pequeño litoral que representa el paseo Pery Junquera con la Punta de San Felipe.

Cuando el sol se dirige a la cama, el Paseo adquiere un tono más fresco, la colonia vieja de por la mañana, aireada, huele mejor, y la vida se multiplica, aunque solo sea doblemente. Corredores jadeando y empapados en camisetas sintéticas, pescadores que aprovechan los últimos rayos que reflejan el interior del mar, parejas de enamorados que luchan contra los grafittis de las paredes, sobre todo, aquel que dice: "duele, pero me gusta", como Ana y Alberto que se juraron amor el 13 de febrero de 2011 y lo dejaron sellado en una de esas piedras en forma de televisión con las que han poblado la cara exterior de la muralla.

Todos ellos van conformando el camino que lleva hacia el solitario restaurante abierto a la hora de la cena.

Ahora sí, la soledad es mágica. El miedo se aparca y la imaginación se deleita con sentarse en una de esas mesas, al lado de este mar y de su ondulante brisa, con una familia con la que discutir el último romance del verano.

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