Historias de Cádiz Ejecutada, expuesta y encubada

  • l La gaditana Rosario Baes fue muerta por garrote vil en el patíbulo levantado entre la  Casa Matadero y el cuartel de San Roque  l Había sido condenada por parricida en 1828

Lugar de las ejecuciones públicas en Cádiz

Lugar de las ejecuciones públicas en Cádiz / Archivo

La aplicación de la pena de muerte nos parece hoy una crueldad sin sentido y presenciar la ejecución de una persona, algo horrible.  Sin embargo, hasta finales del siglo XIX el cumplimiento de la última pena se llevaba a cabo en lugares público y en presencia de numerosas personas.  

En España las ejecuciones públicas fueron suprimidas en 1897. Poco antes, en octubre de 1893, se ejecutó a una mujer en Murcia acudiendo más de quince mil personas a presenciar el acto. En la provincia de Cádiz, en junio de 1884, fueron ejecutados siete miembros de la llamada Mano Negra. La crónica de este Diario relata que fue una muchedumbre la que acudió a la plaza del Mercado de Jerez  para ver  de cerca tan macabro espectáculo.

 En Cádiz, el lugar elegido para las ejecuciones públicas estaba situado donde hoy se encuentra la fuente y estatua de Cornelio Balbo. Era una plaza situada junto al cuartel de San Roque y en las inmediaciones de la Cárcel Real y el Matadero. Allí  se levantaba el patíbulo, mientras que el reo y su verdugo eran trasladados desde la cárcel.

El padre León y Domínguez,  en sus Recuerdos Gaditanos, señala que la última ejecución pública llevada a cabo en nuestra ciudad fue la de María del Rosario Baes, el 28 de enero de 1828.  Rosario Baes era una joven gaditana de vida desgraciada, que había estado desde muy niña  ingresada en la Casa de Misericordia, de donde salió para contraer matrimonio con el también gaditano Antonio Rodríguez. Abandonada muy pronto por su marido, la joven se dio a lo que entonces se llamaba ‘vida airada’, trabajando en varios prostíbulos de la ciudad.

Fue acusada de dar muerte a un hijo suyo recién nacido y pasó por ello varios meses en la cárcel, pero en el juicio nada pudo demostrarse. En junio de 1827 apareció otro niño muerto junto a la parroquia de San José. En esta ocasión la joven Baes confesó su crimen y fue condenada por  un tribunal en Cádiz a diez años de cárcel.

Sin embargo, el fiscal recurrió la sentencia y la Real Sala del Crimen de Sevilla revocó la sentencia y condenó a la desgraciada Rosario a la pena de muerte por garrote.  Como autora de un crimen de parricidio, la Real Sala le condenó también a que su cadáver quedara expuesto durante varias horas y luego introducido en una cuba y arrojado al mar. 

De nada sirvieron las peticiones de indulto formuladas por varias asociaciones piadosas de nuestra ciudad. Eran los años de la llamada  ‘década ominosa’ con el Rey Fernando VII en el Trono, y los gobiernos de la época no debían ser muy proclives a los indultos.

En la mañana del 26 de enero se comunicó la sentencia a la desgraciada Rosario Baes, mientras se procedía a levantar el armazón del patíbulo entre la Casa Matadero y el cuartel de San Roque. Puesta en capilla, la condenada fue atendida por los capuchinos Fray Pablo y Fray Servando de Cádiz y consolada por las señoras de la  Real Junta de Damas.

 Como era costumbre en todas las ciudades de España, el día de la ejecución cerró todo el comercio. Esta medida, fijada en principio en señal de duelo y respeto, provocaba que fueran centenares de ociosos los que acudieran a presenciar la ejecución. 

Cumplida  la pena de muerte, el cadáver de la desgraciada Rosario Baes quedó expuesto al público hasta las tres y media de la tarde. A esa hora los funcionarios de la cárcel procedieron a introducir el cuerpo de la ejecutada en una cuba y a trasladarlo hasta el Monturrio, situado al final de la calle Santa María, donde un boquete en la muralla permitía arrojar objetos al mar.

Cuenta el padre León y Domínguez que en ese momento, la Hermandad de la  Santa Caridad solicitó formalmente de la Real Jurisdicción la entrega del cadáver, lo que fue aceptado de inmediato. Los hermanos de la caritativa Hermandad gaditana procedieron a continuación a recoger el  cuerpo sin vida de la ejecutada y lo trasladaron  al cementerio para darle cristiana sepultura. 

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