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Cualquier pasado peor

El 'bienvenido Mr. Marshall' del socialismo andaluz visto desde dentro

Kiko con la camiseta de Cádiz 92 que pagaba la Diputación socialista. / Joaquín Pino
Fernando Santiago
- Periodista

09 de abril 2017 - 02:03

En 1987 el Cádiz terminó el último de la Liga en primera división. A mitad de la temporada se había decidido ampliar el número de equipos para la temporada siguiente por lo que en lugar de descender los tres previstos, solo bajaría uno. En este caso el Cádiz. Irigoyen pensó que se cambiaban las normas de la competición a mitad de temporada y que sería menester una liguilla entre los tres últimos partiendo de cero. Tan estrafalaria petición encontró el apoyo entusiasta del ministro de Trabajo y diputado por Cádiz, Manuel Chaves, que consiguió convencer al Consejo Superior de Deportes y a la Real Federación Española de Fútbol. El Cádiz se salió con la suya, se hizo la llamada Liguilla de la Muerte y no bajó. Un ejemplo de cómo funcionaban las cosas en España durante los 80. Nada se hacía si no se contaba con el apoyo del Partido Socialista. El PSOE tenía mayoría absoluta en Cádiz, en la Diputación, en la Junta y en el entonces llamado Gobierno Central. Todo estaba controlado por los socialistas. La Alianza Popular de Manuel Fraga vivía muy cómoda en la oposición de todas las instituciones y a Fraga le cabía el Estado en la cabeza, según malicioso elogio de Felipe González. Las cosas empezarían a cambiar con la huelga general de diciembre del 88 por el empuje de los sindicatos de la época.

El caso es que el 92 fue un año marcado por el socialismo. En Cádiz hasta el equipo de fútbol llevaba la publicidad Cádiz 92 pagada por la Diputación, gracias a un invento de Alfonso Perales llamado Pacto del 92.

Al PSOE del 92 le daba igual lo que pensasen los demás porque no necesitaban apoyo

Hacía poco que me habían elegido concejal cuando me llaman al despacho del alcalde para hablar del Plan Andalucía 92, un invento del presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, para invertir en obras simbólicas de cada capital de la comunidad y así evitar la impresión, basada en hechos reales, de que Sevilla era la gran beneficiada de los fastos a cuenta de un acontecimiento inexplicable llamado Exposición Universal, coincidente con el V Centenario de la llegada de Colón a América. Cuando llegamos al despacho del alcalde el concejal de Urbanismo de entonces, Manuel Vera Borja, nos entrega un papel con las inversiones previstas a cargo del programa Andalucía 92 que iban a firmar el presidente de la Junta y el alcalde horas después. En el papel aparecían borradas las cuantías de cada una de las inversiones. De esa manera tan extravagante se nos pedía el apoyo político para un proyecto "de ciudad" como se decía entonces. Un papel sin cantidades para un convenio que se firmaba en un rato. Así se consensuaba. Así actuaba el PSOE entonces. Les daba igual lo que pensasen los demás porque no necesitaban del menor apoyo. Por supuesto Alianza Popular dijo aquello que repetían a menudo "apoyaremos todo lo que sea bueno para Cádiz". Entre las inversiones previstas estaba la piscina de Cortadura, el Museo del Mar y la Ciudad del Mar, estas dos últimas 25 años después siguen sin uso. Tiempo después el Ayuntamiento organizó la fastuosa inauguración del denominado Museo del Mar con una exposición sobre las almadrabas y un grupo de animosos militantes y simpatizantes del PSOE (dueños algunos de La Mirilla y uno con el tiempo concejal) cocinaron un enorme atún encebollao para degustación de los asistentes. Pasado el tiempo le pusieron al edificio Museo del Ná.

La Ciudad del Mar se utilizó como oficina para la Gran Regata Colón 92, único evento significativo de aquel año en la ciudad y que ha servido de modelo a todas las grandes regatas que han pasado por los muelles gaditanos desde entonces. Eso sí, el edificio sigue vacío y destartalado .

Así funcionaban las cosas en una época en la que las peñas y las asociaciones de vecinos estaban controladas por el PSOE, las cofradías estaban rendidas al poder, el Cádiz CF abrevaba en los aledaños del Gobierno y la gente vivía feliz con un régimen de partido único. Era la época del GAL y Filesa. Algunos que ahora están en las cercanías de Podemos o militan con entusiasmo en el partido de Pablo Iglesias, eran militantes o dirigentes socialistas. Unos cuantos raros íbamos a contracorriente. A mediados de la década había pasado lo del referéndum de la OTAN, cuando el PSOE hizo un giro brusco en sus puntos de vista sobre la pertenencia de España a la Alianza Atlántica y toda la militancia, de manera disciplinada, viró con Felipe González. Desde las instituciones se emplearon medios públicos para aquella campaña, que fue financiada de manera irregular. Un vicepresidente de la Diputación , a quien dios confunda, tenía sobre su mesa todos los manifiestos contra la OTAN con los nombres subrayados de las personas que tenían relación con la casa, para tomar represalias. Solo Los Tontos de Capirote y Las Momias de Güete tuvieron el valor de hacer campaña en contra. Incluso la chirigota Los Carreros de la Alianza, escrita por uno que se ufanaba de ser anarquista, se negó a hacer la campaña no fuera a tener consecuencias para alguno de sus integrantes. Esa era la España previa al 92, cómo se vivía entonces quien osase llevar la contraria al poder y lo bien que vivían quienes estaban en el pesebre y alrededores. Es divertido ver ahora cómo, 25 años después, algunos han visto la luz en el camino de Damasco y se han vuelto indignados o radicales.

A Sevilla le hicieron una línea de alta velocidad aislada del conjunto de la red ferroviaria española, le construyeron cinco puentes que se sumaron a los tres existentes (el loop de Chicago tiene cuatro), una red de autovías que concluía en la ciudad y en un páramo levantaron fastuosos pabellones, algunos todavía vacíos. Nadie atendió los requerimientos de informes sensatos elaborados por gente como Eduardo Mangada o Eduardo Leira. Ni siquiera hicieron caso a Soledad Becerril cuando propuso que en lugar de invertir en un descampado se utilizasen palacios y edificios del centro histórico como pabellones. Felipe González nombró Comisario del evento a Jacinto Pellón, un tipo al que le importaban poco los procedimientos administrativos y que acuñó incluso la unidad de medida "el pellón" que era pagar lo que fuera necesario con tal de poner en marcha los proyectos. Al calor de Jacinto Pellón un barco llamado Grassy empezó en silencio y sin permiso a realizar prospecciones en aguas de la Bahía para sacar a flote un galeón hundido y exhibirlo en la Expo como habían hecho los suecos con el Wasa. Cuando la Consejería de Cultura se enteró por la prensa de lo que pasaba se lió parda y se paró el proyecto. Así se funcionaba. Los procedimientos administrativos daban igual con tal de conseguir los objetivos. Se aplicaba por igual a la contratación pública que a la guerra sucia. Si alguien estaba en contra de los que mandaban en el PSOE, los peralistas, lo único que podía hacer es hablar con los varguistas. Los españolitos vivían felices. Cómo hemos cambiado.

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