Coronavirus en Cádiz

Coronavirus en Cádiz: La playa sin nosotros

  • Las playas de Cádiz aparecen desiertas en la era del coronavirus. A la espera de la decisión de las autoridades de cara a la temporada estival, de momento, entre el silencio roto por las olas, la vegetación se hace paso en las arenas desniveladas por la fuerza de las mareas y la ausencia de humanos.

Una planta que ha agarrado en plena playa de La Victoria

Una planta que ha agarrado en plena playa de La Victoria / Julio González

La playa sin nosotros es más aburrida. Más salvaje, sin duda, pero carente de ruidos, de huellas, respiraciones, chapuzones, carreras, música... La playa sin nosotros es un rollazo. No está el día de playa. Con lo bien que se está en casa. Quédate en casa. ¿Más aún? Parece que ha pasado un siglo desde aquel primer domingo de marzo en el que la Victoria se llenó de playeros. Entonces el coronavirus parecía una amenaza lejana. Llegarán unos pocos casos, dijo Fernando Simón. Un visionario oiga. Así que mes y medio después las banderas rojas ondean con su mensaje deprimente en mástiles oxidados. Y mientras que los gaditanos, necesitados en su amplia mayoría de respirar ese aire marino que nos da la vida, nos hacemos una de las preguntas del millón de estos días, ¿se podrá ir a la playa este verano?, los arenales de nuestra ciudad se van asilvestrando. Los brotes verdes tan demandados por los economistas tardarán en aparecer en las cuentas de resultados de las empresas pero se ven por doquier durante nuestro paseo desde Cortadura a La Caleta.

Porque tras mes y medio de soledad la playa sin nosotros es más aburrida. El mar está bravo. No invita al baño ni mucho menos. Hay decenas de gaviotas posadas en la arena. Otras se dejan llevar por los vientos, por esos aires difíciles que tan bien describe Almudena Grandes, aunque bueno, ¿hay algo que describa mal esta mujer? Lo primero que nos llama la atención es la altura de la arena en algunas zonas. Junto al chiringuito Tuna Beach, frente a Los Delfines, ha subido tanto que alcanza la cintura de sus sombrillas, algunas con ínfulas de Estatua de la Libertad en 'El Planeta de los Simios'. Pero no. Lo que ha provocado este cataclismo en la raza humana no es un holocausto nuclear sino un virus mamarracho que se ha llevado por delante miles de vidas y millones de sueños.

Sombrillas-mesa de un chiringuito de La Victoria, ahogadas por la subida del nivel de la arena. Sombrillas-mesa de un chiringuito de La Victoria, ahogadas por la subida del nivel de la arena.

Sombrillas-mesa de un chiringuito de La Victoria, ahogadas por la subida del nivel de la arena. / Julio González

La playa en sí no está mal. Ha tenido tiempos peores, como cuando el temporal Emma la arrasó de punta a punta y le dejó las costuras al aire. Es verdad que hay zonas desniveladas, pero nada que una buena excavadora no pueda ordenar en algunas jornadas solariegas. Quizá incluso ya podrían ir adelantando trabajo, enviando de paso un mensaje de ánimo a todos los que se asoman a los balcones para asegurarse que nos han robado el mes de abril pero no la playa. Tan en serio se toman su labor de vigilancia los vecinos de los bloques cercanos que incluso increpan a este que escribe y a su compañero Julio González. Dos personas andando por la playa en estado de alerta, aunque parezca que se deben dinero por la distancia que los separa, es una tentación para cualquiera. Sobre todo para los que echan de menos las colas de verdad, con la gente pegada a la espalda, empujando con el aliento, deseando por lo bajini convertirte en fantasma etéreo para traspasarte y ganar unos metros vitales. Qué gusta en Cádiz una cola. Y una playa. El mar, la mar…

Arena acumulada en la parte alta de la playa de La Victoria a la altura del antiguo cementerio. Arena acumulada en la parte alta de la playa de La Victoria a la altura del antiguo cementerio.

Arena acumulada en la parte alta de la playa de La Victoria a la altura del antiguo cementerio. / Julio González

La vigilancia vecinal hacia los caminantes de la playa no se queda sólo en la recriminación balconera. Al poco de subir hacia Santa María del Mar aparecen varios coches de la Policía Local. Hemos recibido varias llamadas alertando de vuestra presencia en la playa, nos dicen con sus mascarillas celestes. La gente está sensible. ¿Y cómo llevan la prórroga del confinamiento?, les preguntamos. Empiezan a rebelarse. El quédate en casa ya pesa. Es necesario para romper la cadena de contagio, claro, pero pesa, y más si ves desde tu ventana a dos gachones en la playa. Qué coraje.

La playa de Cádiz tiene su propia fauna. Personas que te cruzas a diario, que la viven todo el año y de las que te acuerdas cuando contemplas el arenal inmenso en bajamar, como si se las echara de menos más que a otras. Una de ellas es Pepe Pettenghi, de quien nos acordamos tanto durante nuestro paseo que no podemos resistir la tentación de telefonearle y pedirle que nos diga cómo pasa estos días. “¡Claro que echo de menos la playa! Me considero parte de su fauna intermareal. Desde hace muchos años, en invierno y en verano, he dado mi paseo. Tempranito, siempre temprano y, ¡hala!, a la playa Victoria, la playa grande, caminando por la orilla hasta el infinito y más allá. Añoro esa sensación de bienestar tan saludable, esa luz mañanera, la pisada silenciosa sobre la arena, a esos amigos viejos y nuevos, y a tantos conocidos que tan cordialmente la hemos compartido. Teníamos un dicho: Cada mañana de playa es un día más de vida. Las poquitas veces que me he podido asomar a verla desde arriba, la he contemplado -lo siento- con ojos de cordero degollado. Con el confinamiento es lo que más he echado en falta. Quizá ella a mí también. No veo la hora…”.

Un tiburón de juguete que la marea ha traído a la orilla de La Caleta. Un tiburón de juguete que la marea ha traído a la orilla de La Caleta.

Un tiburón de juguete que la marea ha traído a la orilla de La Caleta. / Julio González

Otro peregrino de la Santísima Trinidad de las playas de Cádiz es Manolo Rueda. Jubilado de Matagorda hace ya muchos años, es imposible caminar la Victoria sin parecer divisarlo a lo lejos con sus gafas, su mochila al hombro y sus auriculares, su habitual Pedroooo ¿a ver qué hacemos el domingo en el Carranza?, su palmada en la espalda cariñosa. Así que toca otra llamada. Para algo tengo tarifa ilimitada. Manué, ¿cómo lo llevas? “Fatal. La playa me da la vida, necesito respirar el aire del mar, pasear por la orilla, con los pies mojados, llegar hasta el Chato, volverme, mirar a lo lejos la Catedral, San Sebastián… ¿Tú crees que faltará mucho para que podamos salir los mayores de 65 años?”. Qué sabe nadie Manolo. Qué sabe nadie.

El olor que tanto echa de menos Manolo Rueda se percibe con mayor intensidad una vez pasado el cementerio. Los arribazones de algas que cubrieron la arena la pasada semana han desaparecido con el mar de fondo. Pero su huella permanece en el aire. Las aletas de la nariz se abren y respiran profundamente sin temor a virus, aquí no hay más batalla que la que mantienen el poniente y el levante por hacerse con el poder. Hoy ninguno puede con el otro porque se ha metido un viento del sur por medio que los trae cariocos y que potencia ese olor a mar, a alga, a salitre, a Cádiz en definitiva.

La orilla de Santa María del Mar es un espejo sin mácula. No hay rastro de surferos. Eso es otro cantar. Los surferos tienen que estar cogiendo olas en la bañera, poniéndole parafina a las tablas de planchar, durmiendo con sudaderas con capuchas. La locura. Puto bicho.

La Caleta es otro cantar. En la arena, algas y una embarcación de recreo que quedó a la deriva y acabó encallando en su orilla por culpa de la última marejada. Bajo el balneario, una docena de personas sin hogar en tiendas de campaña impermeables. Inalterable su dura vida. Quédate en casa. Si la tienes claro. Ellos no entienden de salones ni dormitorios con colchas de colores donde nuestros hijos se hacen hombres creyéndose a salvo de virus y lobos, a salvo de una vida que en el momento menos pensado te revuelca sobre el fango miserable. Resistiré, se escucha de fondo. Un día menos para pisar la playa. ¿Qué sabremos nosotros lo que es la resistencia?

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