Antonio Álvarez · conservador de museos del estado

"Ya no veré la ampliación del Museo de Cádiz"

  • La incansable vocación. Fue durante años el alma del Museo de Cádiz y la persona clave del complejo arqueológico de Baelo Claudia

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ANTONIO Álvarez (Cádiz, 1952) es una figura clave del patrimonio de la provincia en los últimos cuarenta años. Este funcionario del Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos del Estado desde el año 1981 tuvo su primer destino al frente del Museo de Cáceres y, a finales de los 80, llegó al Museo de Cádiz. Fue determinante para dar forma al complejo de Baelo Claudia y estuvo en el meollo del diseño del Bicentenario. También ha estado al frente del Museo de Bellas Artes de Sevilla. Hoy está jubilado y satisfecho de ejercer como tal: "Yo sólo soy un pensionista", dice con humildad.

-¿Sigue yendo a museos?

-No sólo voy, sino que los estoy descubriendo. Antes me fijaba en soportes, tipos de vitrinas... Ahora voy a un museo ¡y veo los cuadros!

-¿Ha caído en la melancolía del jubilado?

--En absoluto. He desconectado y vivo la jubilación como una experiencia nueva. Antes recibía cincuenta correos diarios y ahora sólo me llega el recibo de la luz. Me dedico a otras cosas. Me encanta viajar y tengo una furgoneta- vivienda. Acabo de volver de Asturias y ya estoy planeando otros viajes, Italia, donde alucino a cada metro. Mi ilusión sería hacerme un día un viaje largo hasta el cabo Norte en Noruega, subir por Suecia y bajar por los fiordos. Y hago otras cosas. Estoy en el Orfeón portuense, que la música me encanta. Y lo vivo intensamente.

-Usted iba para médico.

--Mi padre era médico, mis hermanos también están en el mundo sanitario y yo estudié tres años de medicina, vi al primer enfermo y salí corriendo. Lo mío era la geografía histórica y humana. Fui feliz estudiando eso. Hice prácticas de conservador y acabé dirigiendo mis pasos a los museos. Fue lo mejor para mí y para la Medicina.

-¿Cuál es su idea de museo?

--Me gustaba planificar los museos desde el punto de vista del público, ordenarlos en la misma puerta y desde lo que se ve, qué quieres que aprendan los que lo van a visitar. Son inútiles esos museos pensados desde el ego del arquitecto.

-Dígame un ejemplo de qué debe de ser y qué no debe ser.

--Quizás, por ejemplo, el Museo Arqueológico de Alicante, que es un ejemplo de exuberancia visual. Es impactante. Pero no recuerdas luego ninguna pieza. Lo contrario son los museos almacén y los museos vitrina. De esos hay muchos. Los museos deben ser algo vivo. No puedes tener la misma exposición durante 25 años.

-También ha trabajado en Conjuntos arqueológicos. Lo que hizo en Baelo Claudia es admirable.

--Fue el trabajo de un equipo. Los Conjuntos arqueológicos son muy agradecidos porque a poco que cambies una cosa la transformación es enorme. Y para el público son muy atractivos. Tienes la oportunidad de mostrar cómo vivía la gente de aquel tiempo. Pero también es otro concepto. Los elementos materiales siempre tienen que estar protegidos en un museo. El Trajano de Baelo Claudia es una reproducción y el original está en el Museo de Cádiz.

-¿Qué recuerda de aquello?

--Que fui feliz. Es el trabajo de mi vida. Mira que estoy orgulloso de mi paso por los museos de Cáceres, de Cádiz, el Bellas Artes de Sevilla, pero lo de Bolonia fue distinto. Vivía allí en una autocaravana, salía a pasear al atardecer... La gente me llamaba el director de las ruinas. En la vida laboral pocas veces puedes decir que te sientes un privilegiado y eso fue lo que yo sentí en esa etapa.

-Seguro que esa felicidad influyó en el resultado.

--Lo que más influyó fue que era una trabajo muy bien planificado en la que todas las instituciones colaboraron porque se dieron cuenta de la joya que teníamos. A otros compañeros les tocó el trabajo más burocrático: echar al ganado, poner las vallas, el papeleo del registro...Y, gracias a su magnífico trabajo, a los que llegamos después nos tocó lo bonito. Levantar las columnas de la basílica, ese foro completo... y ese paisaje.

-También muy pegado a la realidad: los alijos, las pateras...

--Vi de todo, incluso muertos. La noche era un momento de absoluta soledad y fuera sucedían cosas. Dejábamos garrafas de agua por si desembarcaban inmigrantes y a la mañana siguiente no estaban. O se encendía un potentísimo foco en la Sierra, le respondía otro en el mar y llegaba una lanzadera a toda pastilla... Sí, pasaban cosas.

-Me temo que esa colaboración de instituciones no suele ser lo habitual. Estoy pensando en el Oratorio, que fue uno de sus caballos de batalla.

--Viví el Doce desde el interior y prefiero no hablar mucho de ello.

-¿Fue frustrante? Lo digo porque coincidió con la salvaje crisis.

--La crisis fue terrible para los museos. Siempre hemos estado bajo mínimos. Con los museos pasa que no nos acordamos de ellos o, cuando nos acordamos, despilfarramos. Queremos para algunos la museología más moderna y luego tenemos un montón de museítos que se ahogan. Hay algunos que no sé ni cómo han estado abiertos. Le aseguro que hay directores de museos que son héroes.

-Pero me refería al Doce.

--Pues tengo una sensación de ambivalencia. Se hicieron infinidad de cosas, tuvimos a personalidades de todo el mundo y Cádiz estaba cada día en los medios. Pero fue una notoriedad efímera.

-No se pudo hacer todo lo planificado. Perdimos una oportunidad.

--Pero estamos a tiempo. Es una cuestión de concienciación. He visto en libros de texto de México cómo se menciona el Oratorio de Cádiz como el lugar donde nació la libertad de América. No nos damos cuenta de que una de las ofertas básicas de la ciudad es que aquí nació el proceso liberal que arrastró a toda América Latina y buena parte de Europa. Hay motivos más que suficientes para sentir orgullo.

-Y ahí tenemos el Museo de las Cortes, el centro de interpretación y el Oratorio restaurado.

--Pero no hemos logrado la unificación de los tres espacios de San Felipe Neri. Tenemos tres espacios de tres instituciones con distinto personal, distinto horario, supongo que distinto precio. En España no entendemos lo que es la colaboración entre instituciones. No se entiende el centro de interpretación sin la posterior proyección sobre las bóvedas del Oratorio del visionado y luego, en el Museo, están las piezas originales. Es un concepto global para mostrar un aspecto fundamental de la historia. Yo se lo expliqué en su momento al obispo de entonces, Antonio Ceballos, con el que tuve buena relación, que íbamos a separar lo civil de lo religioso, respetando lo uno y lo otro, que no íbamos a tocar las imágenes. Pero no ha habido forma de continuarlo. Y mira que reconozco que en este tema la Junta ha hecho lo que ha podido.

-Pues las otras dos instituciones son el Ayuntamiento y la Iglesia. Supongo que es la Iglesia el escollo para lograr esa unificación.

--En la restauración del Oratorio se gastó mucho dinero y se hizo un trabajo minucioso, impecable. Qué menos que hubiera existido una contrapartida. Y a ver, que soy consciente que la Iglesia no puede sostener todo el patrimonio que tiene. En ese sentido, en la Iglesia hay de todo. Recuerdo la preocupación del prior del Monasterio de Guadalupe, en mis años en Cáceres, por tenerlo en condiciones. Llegué a trabajarle gratis. En el otro lado, noticias que todos conocemos.

-Como lo de la Roldana.

--La Iglesia tiene un inmenso patrimonio diseminado por toda España en museos locales o en iglesias pequeñas. es imposible de controlar. Y luego el desastre que somos los españoles. ¿Cómo es posible que le entreguen un ecce omo a una señora para que lo pintarrajee? Lo debería hacer un profesional, pero no hay dinero. He visto cosas, algunas de importancia, tiradas no solo en dependencias particulares sino en patios de Ayuntamiento. Y entonces aparecen una piezas viejas y rotas a las que nadie da importancia. Esto sólo se arregla cuando este país tenga cultura de la conservación.

-Recuerdo, aunque sea cambiar de tercio, pero también es conservación, que usted en 2013 esperaba que el Castillo de San Sebastián acabara siendo el referente cultural de la ciudad. Estamos en 2018 y hablamos de vandalismo.

--A día de hoy mi única esperanza para el Castillo de San Sebastián es poder al menos pasear por él. Es muy decepcionante.

-Al menos tenemos el Museo de Cádiz, que es un modelo de la conservación.

--Y tiene ahora un director que es un profesional preparadísimo y que se conoce la colección arqueológica como nadie. Merece que se le eche una mano. Pero con el Museo tengo una espina clavada. No creo ver la fase definitiva, la tercera, acabada.

-¿Por qué? No es usted tan mayor.

--El Museo de Cádiz fue uno de los primeros de España en tener un proyecto planificado. Lo hizo Ramón Corzo y lo aprobó Cultura en 1980. Tenía tres fases. La primera tenía que ver con la conservación. Yo tuve el privilegio de inaugurar la segunda fase. Era 1990. Entonces yo tenía 38 años y ahora tengo 66. Aún esperamos la tercera fase. Llegamos a poner carteles anunciando de la próxima ampliación del Museo, pero al final lo quitamos porque nos daba vergüenza.

-Pero algún día le tocará.

--Existe un problema. Los museos son estatales, pero con gestión autonómica. Cultura se quedó con algunos, como el Prado o el Romano de Mérida. Cuando hay dinero tiende a gastárselo en sus museos. La Junta gestiona los museos, pero no invierte porque no son suyos. El de Cádiz está a la cola en inversión. Hay otros más necesitados, como el arqueológico de Sevilla, que es un desastre. Y otros. Y se acaba de terminar el de Málaga. Cuando esos acaben podríamos pensar que ya le tocaría a Cádiz, pero para Cádiz lo próximo será la Casa Pinillos. Fue un regalo. ¿Cómo no lo íbamos a aceptar? Pero cuando se le meta mano a la Casa Pinillos, el Museo de Cádiz volverá a la cola. Espero que el actual director sí lo vea. Yo creo que no.

-Quizá el que vea, entonces, será el Museo del Carnaval.

--El Carnaval es un lujo para Cádiz, pero el carnaval es vida. No he entendido bien el concepto, pero qué quieren ¿vitrianizarlo? ¿Meter los tipos en vitrinas, en cosas muertas? Para eso es para lo que da el Palacio de Recaño, para un museo tradicional. Yo veo ese Museo en un lugar amplio, vivo, en la plaza, en la calle. Construido de nueva planta. No veo ese museo, en ese espacio, la verdad. Ni siquiera lo llamaría museo, quizás Centro del Carnaval o algo así.

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