"Me ha quedado una paga de ministro, 800 euros"

José Crespo Reguero, Crespo para todos los que le conocen, que consiguió que en su comercio de loza y cristal en la calle Libertad siempre se oyeran cantar pájaros.

Emilio López

02 de junio 2013 - 01:00

T odavía son muchos los que al pasar por la esquina de la calle Libertad con Hospital de Mujeres y ver cerrado el establecimiento Casa Crespo siguen buscando situado en la puerta del local el conocido cartel con la frase "Ahora vengo" con la que su propietario, José Crespo Reguero, anunciaba a sus clientes que estaba ausente. Crespo, que el pasado julio cumplió 92 años, ya lleva otros 20 sin poner el cartel, el tiempo que hace que se jubiló, y por eso ahora afirma que "me ha quedado un sueldo de ministro, 800 euros".

-Usted procede de una familia montañesa de alcurnia.

-Mi abuelo materno, Ángel Reguero Guisasola, fue magistrado juez de la Audiencia de Cádiz y falleció de presidente de la Audiencia Provincial de las Palmas. En la villa de Tapia de Casariego, en el Principado de Asturias, una calle lleva su nombre. También un tío abuelo por parte de mi padre, Francisco Sánchez de Movellán, fue canónigo y está enterrado en la Catedral.

-Pero sin embargo su padre se dedicó a la hostelería.

- Mi padre, José Crespo Sánchez de Movellán, había nacido en Roiz, la capital del municipio cántabro de Valdaliga, donde también nació Juan de Herrera, el arquitecto que diseño el monasterio de El Escorial.

Trabajó como chicuco en establecimientos de San Fernando y después de Cádiz, donde logró establecerse en lo que más tarde fue Casa Crespo y que antes fue una tienda de vinos, La Mexicana, que abrió en 1902.

-¿Cuándo se produjo el cambio de negocio, el paso de bar a un bazar dedicado a la venta de loza y cristal?

- Al parecer en una ocasión mi madre comprobó que los empleados, que entonces incluso vivían en el local, no miraban precisamente por el negocio y por eso decidió cerrar el bar y dedicarse a la venta de loza y cristal. Mi padre murió joven y fue mi madre, Concepción Reguero Campón, la que se hizo cargo del negocio. Éramos seis hermanos, nacidos todos en Roiz, dos hembras y cuatro varones, de los que yo soy el menor y el único que vive. Ella se dedicaba a nosotros y a la casa familiar, por eso hasta tuvo que aprender la tabla de multiplicar.

-¿Cuándo se incorporó al negocio familiar?

-Yo entré a trabajar con ocho años, pero también fui al colegio de La Salle-Viña, después estudié Maestría Industrial e hice el servicio militar en la Marina, concretamente fui cartero de la Comandancia Militar de Marina, cuando estaba al frente de la misma don Manuel de la Puente y Arana, una bellísima persona. Era el padre del sacerdote Manuel de la Puente, que cuando era pequeño iba a la tienda a venderme camaleones que yo mandaba a Alemania donde los utilizaban para estudios científicos.

-¿Cuándo incorpora al negocio la venta de pájaros?

- Un capitán del Ejército ya retirado, el capitán Carvajal, los domingos me daba cinco pesetas por dejarle poner sus pájaros para venderlos en la fachada de la tienda. A mí me gustó ese nuevo negocio y empecé comprando canarios y jilgueros en los pueblos de la provincia, luego pájaros exóticos en Portugal y hasta loros que me traían los embarcados de Sudamérica y de Guinea. Llegué a vender incluso monos y a exportar los camaleones a los que me refería antes. Cuando en 1972 cerré la tienda un loro costaba 1.500 pesetas y un canario 300.

-Llegó a tener loros muy famosos.

-Yo decía que uno de ellos era de Fuerza Nueva, porque daba gritos a Franco y entonaba vivas a España. Era un macho, que me vendieron por 24.000 pesetas. Un día hasta vino a oírlo Jerónimo Almagro, que entonces era alcalde de Cádiz. Algunos decían que los gritos los daba yo desde el balcón de mi casa, pero eran del loro.

--Los pájaros lo hicieron más popular, pero el verdadero negocio fue siempre la loza y el cristal.

-Vendía loza y cristal tanto en Cádiz como en toda la provincia. Mandaba los pedidos a través del corsario y en Cádiz yo mismo hacia el reparto por comercios y bares. Disponía de 18 clases de catavinos, a parte de cañeros de manzanilla, tanto de seis como de doce. El cristal me llegaba de Barcelona, de Valencia y de Sevilla, donde también compraba loza cada quince días.

-¿El reparto también lo llevaba usted a cabo?

-Siempre me ha gustado mucho montar en bicicleta, hasta el punto que me la llevé en el viaje de novios a Cantabria después de casarme con Angelita Quirós Romero, fallecida hace unos años. Incluso iba en bicicleta a Vejer, con parada obligada en la Venta Pinto, en La Barca, donde me comía un bocadillo de lomo en manteca para tener fuerza par subir la cuesta hasta el pueblo. Más tarde me compré una Vespa y el reparto se me hizo más cómodo.

-¿Que hizo con todo el material de la tienda cuando cerró?

- Me pareció que tanto el cristal como la loza vendrían muy bien en centros benéfico y repartí todo entre la Fundación Virgen de Valvanuz, el Rebaño de María, las Hermanas de la Cruz y las Concepcionistas Franciscanas de Feduchy.

-Antes se refería a su boda. ¿Cuantos hijos tiene?

-Son tres hembras y un varón. Carmen, que trabaja en Hacienda, casada con José Cano, que tienen dos hijos; Ángeles, que es enfermera en Algeciras, casada con Rogelio Márquez, con otros dos hijos; Inma, que es maestra en Chipiona, casada con Miguel Bellido, con tres, y José Ángel, que es el que tiene la óptica en Hospital de Mujeres, que es también farmacéutico, casado con Mercedes Vázquez, con 4 hijos. Tengo once nietos y dos bisnietos, que son ahora mi mayor satisfacción.

-Se dice que el local ha tenido varios novios.

- En su día me lo quiso comprar Simago, pero yo me negué, porque no quiero más de lo que tengo. Yo siempre digo que no quiero venderlo porque en el sótano hay un túnel que comunica con la playa de la Caleta. Algunos hasta me han pedido que se lo enseñara, pero siempre les digo que es peligroso.

- Por Casa Crespo ha pasado todo tipo de personas, hasta Anthony Quinn.

-Es cierto cuando en los años 80 estuvo en Cádiz rodando la película sobre Onassis pasó un día por allí muy bien acompañado. Yo le pregunté si era su esposa y el me respondió que sí, pero que era la quinta.

-También eran muy conocidas sus bromas con los ratones.

- Los ratones siempre le han dado miedo a las mujeres. Mi madre era de las que se subía al mostrador si veía alguno. Yo a veces metía uno vivo en un cartucho cerrado y lo dejaba en la calle para que alguna mujer que saliera de la Plaza lo cogiese. Cuando veía lo que llevaba dentro los gritos llegaban hasta el freidor de Hospital de Mujeres.

-¿Cómo era la vida en aquellos años en los que usted se hizo cargo del negocio familiar?

- Yo he vivido una época buena, porque había dinero. Ahora Cádiz se ha quedado sin nada. La industria se ha venido abajo. No hay trabajo en los Astilleros, han cerrado muchos talleres, igual que la Fábrica de Cerveza, la de Tabacos y la Aeronáutica. Yo, en los años de la postguerra, he visto a gente quitándose el hambre con cáscaras de plátano y espero que esa situación no se repita, o al menos que yo ya no esté aquí. La verdad es que confío que la situación mejore y que la gente no pierda el respeto. Yo he ido sentado en un autobús y le he cedido el asiento a un señor más joven que iba con muletas porque no se movía nadie. También me ha pasado al revés, Una niña sentada con su abuela, le pedí el sitio y la propia abuela me respondió que su nieta también había pagado el billete. Un señor me ofreció el suyo, se lo agradecí, pero no lo acepté.

-A usted le quedan todavía muchos años de vida.

- Mi hija Inma está casada con Manuel Bellido, que es dentista, y cuando tiene que arreglarme la boca yo le pido antes una copa de manzanilla y unos langostinos, que son una buena anestesia. También me rodeo de médicos amigos como Juan Robayo, Alberto Martínez Rodríguez o Juan Manuel Fariñas, que son los que me cuidan.

-¿A que dedica ahora todo el tiempo libre del que dispone?

- Me levanto a las ocho de la mañana y en mi balcón le pongo pan a los gorriones para que se los lleven a sus crías. Luego desayuno y leo la prensa del día, entre otros el Diario, y después me voy a una cafetería donde recorto noticias que les envío por correos a San lúcar a Antonio Pulido, todo lo relativo a la fiesta de los toros; al coronel José Cárdenas, las que tratan sobre las Fuerzas Armada, y a Enrique Pérez Barbadillo. También al sacerdote José Luis Palacio Valverde, que es de San Fernando y párroco del Carmen en Algeciras, le mando noticias sobre la Iglesia y esquelas. A las tres de la tarde vuelvo a casa para almorzar con mi hija Carmen, que vive en el piso de arriba, duermo una hora de siesta y sigo con los recortes hasta la hora de cenar. Si hay algo que me interesa veo la televisión y suelo acostarme temprano. A veces suelo ir a Algeciras o a Sanlucar, donde viven Ángeles e Inma, respectivamente. En ambos casos frecuento los casinos de una u otra población, donde sigo con los recortes de prensa y también participó en sendas tertulias. En Algeciras me reúno con Manuel Rosa, Carlos de la Riva, Miguel, Carlos y un coronel, y en Sanlucar, donde en Casa Balbino me llaman El Tijerita por mi afición a los recortes, con el bodeguero Enrique Pérez Barbadillo y los coroneles jubilados José Cárdenas y José Coello.

-¿No le ha dado por viajar?

- No me he ido nunca de veraneo. Me he limitado a ferias y a empresas relacionadas con mi negocio en Barcelona, Valencia y Madrid. Por placer viajé cuando Simago me tuvo que indemnizar por taparme una ventana.

-¿Cual sería la frase que pondría ahora en el cartel en la puerta de Casa Crespo?

-Pondría "Yo no tengo prisa", una frase que aprendí del padre Vicente Gaona que fue canónigo, cuando estuvo al frente de la capilla de Europa de Algeciras, la ciudad donde nació, iba a ve a otro sacerdote, el padre Alcedo, que le preguntaba "¿Tú cómo estas?". El padre Gaona le respondía siempre "Yo no tengo prisa", y eso es lo que me pasa ahora a mí.

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