Las declaraciones contra Trump de Meryl Streep vuelven a poner al rojo vivo la cuestión de las relaciones entre los actores y la política. En España somos expertos, aunque en los Estados Unidos también se extiende cierto hartazgo civil por las lecciones continuas del sector del espectáculo.

En realidad, el problema no es de voz, sino de eco. Todos tenemos derecho a expresar nuestras opiniones políticas, incluso el deber. Nos quejamos de una sociedad que no asume compromisos, y no deberíamos quejarnos a la vez de unos actores que elevan su voz.

El problema, ya digo, es el eco. El cine se ha convertido en el gran prescriptor de nuestro tiempo. El poder de la ficción es muy real. En el siglo XVI los conquistadores emprendían sus aventuras emulando a Amadís de Gaula, y hasta los santos, como Ignacio de Loyola, y, finalmente, los locos buenos, como Alonso Quijano. En el XIX, se suicidaban como Werther. En nuestro tiempo, se consume lo que dictan las películas, que ponen de moda ropas, coches, mascotas, viajes o tipo de relaciones. Por eso la opinión política de los actores tiene una resonancia excesiva, mayor que la de cualquier otro gremio, ya sea el de los filósofos, los economistas, los juristas o los historiadores.

A lo que hay que añadir una distorsión, como un micrófono que se acopla. Cuando son los personajes de un libro los que te influyen, son ellos, literalmente. Los actores, en cambio, se benefician del atractivo y la autoridad que otorgan las ficciones que representaron, pero ellos son otros. Cuando habla Meryl Streep nos está hablando en nuestro subconsciente la baronesa Blixen, pero qué más quisiéramos.

Por su profesión, los actores, además, están hechos a transmitir, con una autenticidad impostada, ideas ajenas, buscando, sobre todo, el aplauso del público. Es fácil que reciten, pensando que piensan, el mensaje de moda, creándose así un círculo vicioso de gran eficacia: recitan el discurso dominante y éste se impone aún más porque ellos lo recitan. Esto explica que una buena parte de ciudadanía se sienta abusada, de algún modo, por tanta demostración de fuerza opinativa, y en el mismo sentido ideológico casi siempre. Comprender el fenómeno permite no sólo inmunizarse al mantra de unas opiniones más o menos consabidas, sino prevenir también una reacción demasiado airada contra unos actores que no dicen más, al fin y al cabo, que lo que quieren y pueden.

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