El Pinsapar

Enrique Montiel /

Los niños

10 de noviembre 2011 - 01:00

YO he ido detrás de un ataúd blanco. Llovía. Dentro iba mi hija. Lo escribo ahora, más de 20 años después y respirar me duele. No tenía dudas de que era Julia. Murió a mi lado, de muerte súbita. He llorado estos años en el hombro de mis amigos, recordándola, Dios los bendiga. Muchos días ha amanecido sombrío en mi vida por esta muerte incomprensible, dolorosísima. Ahora, cada vez que veo una foto de los familiares de los niños desaparecidos en los hospitales, de los nichos con ataúdes vacíos, imagino a esos padres que llevaron los ataúdes blancos a los cementerios españoles, como yo un día. Cuando, como en casos probados, no había nada dentro, sólo una inmensa mentira sin misericordia, y pienso en el dolor añadido al dolor, la rabia unida a la mentira, me cuesta trabajo mantenerme erguido.

No es posible que hayan sido tan malos, tan pérfidos, tan canallas. Ocurre que uno de los efectos de la maldad esencial está ahí, en la parálisis que produce. Es como el espanto, la desolación, el crimen. Y ahora, ahora que lo que fueron solo sospechas -andando el tiempo- se convirtieron en certidumbres, los familiares de aquellos niños robados, de aquellos padres engañados, vilmente burlados, piden lo que sólo pedir se puede, nada más y nada menos que Justicia. Justicia y restitución.

El drama está servido porque los niños entregados a otros "padres" sólo han tenido a quienes a la fuerza tuvieron siempre, con el ay en el alma de la mentira cotidiana de oírse "papá" y "mamá", falsarios y desalmados, que pagásteis con moneda corriente un engaño, un robo, un escarnio, un dolor que dura todavía. No sé si el crimen ha prescrito, si los autores materiales, con la cobija de una vida mejor, que hicieron todas las trampas, fraguaron todos los engaños, viven todavía. Puede que lleven mucho ardiendo en el fuego del infierno pero la Justicia, nuestro amparo, es lo que nos queda, es lo que les queda a ese grupo cada vez más numeroso que se manifiesta delante de las sedes judiciales y delante de los edificios públicos. ¿A qué puerta llamar, pues? No hay otra. En estos casos en el dintel de esas puertas está el techo de la conciencia. Y realmente se apela a la conciencia, a los delitos que no deberían prescribir, a la restitución que si no se produce queda sin efecto la Justicia. Es lo justo, el cerrar esa herida es lo justo. Y todos deberíamos manifestarnos con esas familias silenciosas que gritan, esas familias a quienes engañaron en los hospitales monjas de hábitos y personas de orden, que se decía cuando entonces.

La Policía, la Fiscalía, los Jueces y Magistrados son una vez más la Esperanza de la gente indefensa, los familiares de los niños.

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