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PARA que digan que aquí no tenemos glamú. El Cádiz, como la NBA, vive su particular lockout desde que acabó su temporada aquella fatídica tarde en Miranda del Ebro. Aquí, desde entonces y hasta nueva orden, no se mueve nadie ni pasa nada de nada, como si estuviéramos de cierre patronal. Pero no se preocupen, que por ahí se dice que esta tarde, mañana o como muy tarde el lunes Muñoz Vera convocará a los medios y anunciará la venta definitiva del paquete mayoritario de acciones o la cesión de la gestión deportiva a Quique Pina. Es al menos lo que se viene oyendo un día tras otro desde que el Mirandés nos recordó en el descuento de aquel partido que el de su Centenario no iba a ser un año de gloria para el Cádiz y así nos seguimos consolando mientras continúan cayendo las hojas del calendario.
A menos de una semana para el inicio de la pretemporada, Jose González sólo tiene a nueve jugadores para el primer equipo -sin contar el Expediente X de Cifu- y se desespera esperando que Pina, cual Mesías, aterrice cargado de jugadores para al menos tener las piezas suficientes como para empezar a armar el puzzle. Para el técnico la prioridad ya ni siquiera es que los que vengan mejoren lo que hay, porque la urgencia ahora la marcan las 14 camisetas sin dueño que aún quedan en el vestuario cadista.
Lo peor es que al tiempo que se sigue esperando el final del bloqueo se van gestando las excusas que tendremos que oír a lo largo de la temporada si la cosa sale mal. En cuanto se pierdan dos partidos seguidos se dirá que se ha planificado tarde, que no ha habido tiempo para ensamblar el equipo y otras mil historias con el único objetivo de ganar tiempo hasta que se consiga un triste empate y puedan asegurar que no hay problema, que a partir de ahí seguro que vamos para arriba. De tanto oírlo se da uno cuenta de que siempre es el mismo cuento, la misma canción. Y mientras esperamos que mañana o en el próximo partido la cosa cambie, seguimos siempre igual. Así es nuestro eterno lockout.
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