Provincia

¿Pueden 1.230.581 vivir de 357.000?

  • El estado de bienestar pivota sobre el empleo pero, ¿cómo es posible mantener el estado de bienestar en una sociedad en la que sólo trabajan uno de cada tres habitantes y medio?

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 El estado de bienestar pivota sobre el empleo. Ahí va una perogrullada: el empleo es el que garantiza los ingresos públicos con los que se pagan las prestaciones básicas a los ciudadanos más  desfavorecidos. ¿Cómo es posible mantener el estado de bienestar en una sociedad en la que sólo trabajan uno de cada tres habitantes y medio? En la provincia de Cádiz, según la Encuesta de Población Activa del primer trimestre de 2012, hay 357.000 personas ocupadas, declaradas, que contribuyen a la caja común. Otras 204.000 están en  condiciones de trabajar, pero no lo hacen. 186.000 demandan un trabajo, otras 18.000, oficialmente, están en paro, pero no buscan trabajo. Por último, 569.000 son clases pasivas. ¿Es sostenible? Viajemos en el tiempo diez años. En el mismo trimestre, el primero, de 2002 en la provincia de Cádiz trabajaban 341.000 personas, 16.000 menos que en la actualidad. Es la demografía la que juega una mala pasada, ya que esos 341.000 sostenían a 900.000 habitantes, de los cuales 132.000 estaban en paro. El crecimiento de la población en diez años en una cantidad parecida a los ocupados actuales  revienta los colchones de seguridad. Esos datos son los que generan el desequilibrio que amenaza con quebrar lo que llamamos estado de bienestar.

Con un 36% de paro, un porcentaje que quizá en el hemisferio norte sólo sea superado en la franja de Gaza y algunas otras regiones en conflicto, una sociedad está en quiebra. Y la provincia de Cádiz lo está. 

Hace sólo cinco años, en 2007, justo antes del cierre de la planta de Delphi, que supuso un antes y un después en el dibujo de nuestro mapa laboral, la tasa de paro era nada menos que 23 puntos más baja, un 13%. Es muy difícil asimilar un deterioro de empleo, una destrucción de riqueza, tan súbita. Las causas son múltiples, pero principalmente son dos, el estallido de la burbuja inmobiliaria en ciudades como Jerez o Chiclana -por mencionar las más afectadas- y la deslocalización industrial en la Bahía. Ambos cataclismos se han gestionado desastrosamente por los poderes públicos, como demuestra el estado miserable del Ayuntamiento de Jerez, poblado por funcionarios con los brazos cruzados que no mueven un papel porque no hay papeles que mover, y el dinero derrochado, literalmente tirado a la basura, en los proyectos de reindustrialización de la Bahía.

En el mes de octubre de 2008 entrevisté en el barrio de San Miguel de Jerez a una familia en la que todos sus miembros estaban en paro. El cabeza de familia acababa de ser despedido de una empresa mimada en su día por el Ayuntamiento que había quebrado por los impagos municipales. El modesto domicilio, tres habitaciones en una casa de vecinos, tenía una decoración austera de fotos familiares. El miedo a la miseria se masticaba. Regresé dos años después a ese mismo sitio para ver qué había sido de ellos. Al entrar en el domicilio me topé con una gran pantalla de televisión, las paredes se habían poblado de retratos con marcos dorados de una comunión reciente. El cabeza de familia me pidió disculpas y dijo que no era conveniente salir en los medios, ya que trabajaba en negro para una empresa de transporte, haciendo portes de mercancías que tampoco se declaraban. La familia se había sumergido.

La sociedad gaditana ha metido la cabeza bajo el agua durante esta crisis. Lo ha hecho sin botellas de oxígeno. Bucea a cuerpo. Desde el antes y el después, es decir, desde Delphi, Cádiz es una provincia subacuática. Y de sálvese quien pueda.

Cuando en febrero de 2007 se anuncia el cierre de Delphi, la provincia se suma a una huelga general, indignada por la primera gran deslocalización de una multinacional. La marea de solidaridad se transforma con el tiempo, según se van acumulando las deslocalizaciones, según las empresas auxiliares de la industria y la construcción pierden su actividad, lo que afecta al consumo y al comercio, en una antipatía creciente contra unos trabajadores que la ciudadanía percibe como privilegiados, ya que cobran por unos cursos para formarse de cara a entrar en unas empresas que, a estas alturas, ya sabemos que no van a venir. 

Pero hay que situarse en aquel momento. La reacción al cierre de  Delphi en la Junta de Andalucía es de pánico. Antonio Fernández, encarcelado en la actualidad por el escándalo de los ERE fraudulentos, proyecta una reindustrialización de la Bahía que se dota, entre unas cosas y otras, con 62 millones de euros. Aquí se incluyen los cursos pagados a los trabajadores de Delphi en los que se les instruye de materias extravagantes como, pongamos por caso, cartografía. Es cuestión de ganar tiempo. Pero lo que hace el tiempo es tragarse empresas y empleos porque cada cierre de una empresa, ya sea de construcción en Jerez o industrial en la Bahía, provoca una onda expansiva que afecta a las empresas auxiliares. Estamos en la tormenta perfecta y la Junta dispara millones a una hoguera encendida en mitad de un vendaval. 

No hay que detenerse mucho más tiempo en una historia  conocida. Desde que Cádiz asume la zozobra no paran de gotear noticias de fraudes de una u otra índole. La caja común era un colador. El fraude de los ERE, con beneficiarios fraudulentos, es el  que  dinamita la confianza ciudadana en las administraciones públicas, pero es que se multiplican alrededor numerosos casos, grandes y pequeños, de fugas de dinero. Ya sale un pequeño narcotraficante de Chiclana que es un campeón de paddle que cobra desde hace años una pensión de invalidez o dos hermanos de Ubrique tienen montada una trama en tres bares de Jerez   en el que captan a personas para cobrar subsidios de desempleo.

Todo esto se sucede mientras centenares de parados de larga duración pierden sus prestaciones. En las oficinas de Andalucía Orienta, sobre cuyos orientadores laborales  se cierne una drástica reducción, trabajan con parados de larga duración. Realizan cada cierto tiempo sesiones cercanas a la terapia. Consiste en que el parado no baje los brazos, no tire la toalla. Uno de los parados convocados a estas sesiones en la oficina de la Avenida Andalucía de Cádiz, con estudios superiores, culto, dos años sin encontrar trabajo, reflexiona: "Entras en el casino y pierdes, y pierdes. Las fichas nunca son las tuyas. Pero yo pienso que sólo necesito ganar una vez". Una orientadora apunta: "Si sales del círculo, si bajas los brazos, es cuando la ficha del casino no caerá nunca en tu casilla". El objetivo es no perder la esperanza, repiten los orientadores laborales que saben que es posible que en muy pocos meses ellos también pierdan el trabajo. El mercado laboral ya no da ni para quienes se encargan de mantener viva la esperanza de encontrar un empleo.

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