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Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

La violencia y la fuerza

AHORA que estamos destrozados e indignados por el atentado contra "Charlie Hebdo" es momento de reflexionar. Suele decirse que hay que pensar con la cabeza fría, pero confundimos eso con hacerlo con el corazón frío y, tal vez, con la cabeza hueca. Escribíamos hace poco que, entre los motivos de todo tipo que desaconsejan el debate sobre la expropiación de la Catedral de Córdoba, se encuentra la inconveniencia política. No son tiempos de transmitir una imagen de sumisión al Islam. Ni de adulación. El mismo hecho de llamarla Mezquita-Catedral implica cierta consideración de más, teniendo en cuenta que fue antes templo pagano y luego iglesia visigótica. Hoy es la Catedral, pero si optamos por una denominación historicista habría que hacerla bien: "Templo-Basílica-Mezquita-Catedral de Córdoba".

Es sólo un detalle, pero importa muchísimo no hacer rentable la violencia ni en los mínimos detalles. El violento confunde cualquier cesión con cobardía. O la diagnostica. Es un problema que no atañe únicamente al Islam.

Nuestras democracias están siendo demasiado febles al recurso a la violencia, incluso dentro de sí y aunque lo que se viole sea sólo (y nada menos que) el Estado de Derecho. Falta fuerza, sobre todo jurídica y moral, interior, para oponerse sin concesiones.

La debilidad es, por otra parte, vaporosa y se cuela por cualquier rendija que abra un leve temblor. Así, esta tendencia tan acusada de acusar de violencia y fanatismo a todas las religiones, como si nada más que una Ilustración agnóstica o atea fuese el santo remedio. Eso es un insulto a los muertos de "Charlie Hebdo" que se dejaron de generalizaciones de camuflaje, y fueron al grano. Y es un error triple. Primero, porque se trata de una nueva concesión al miedo, sutil, pero clamorosa. Segundo, porque obvia la violencia brutal que en los últimos siglos han generado las diversas ideologías ateas.

Y tercero, porque supone presentar a todos los musulmanes la disyuntiva entre la fe firme y la paz pagana. Disyuntiva que, además de falsa, es peligrosa: millones que no son violentos jamás renunciarán a su fe. Hay que releer el famoso discurso de Ratisbona de Benedicto XVI, tan criticado entonces por unos y otros. Frente a la violencia, la fuerza: la de la ley, la de la policía, por supuesto; pero también la de nuestra fe en la libertad, sin duda, y en un Dios, los que la tenemos, que ama la verdad y la vida.

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