Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Es sabido que a principios del pasado siglo hicieron su aparición en Londres las combativas sufragistas que, al decir de Doris Lessing en su libro El cuaderno dorado, fueron consideradas por los hombres y muchas mujeres que "no eran femeninas, que eran marimachos, que estaban embrutecidas". Este concepto machista ha sufrido una profunda evolución desde entonces y para comprobarlo, basta atenerse a la civilizada definición que hace de ellas nuestra Real Academia: "Se dice de la persona que se manifestaba a favor de la concesión del sufragio femenino". Y lo bueno del caso es que esos marimachos embrutecidos ganaron la partida, ya que en 1928 consiguieron el voto en plenitud.
Esto viene a propósito de la polémica abierta en virtud de la designación por el presidente Zapatero de un buen número de mujeres, y algunas muy jóvenes, en su flamante gabinete. Confieso sin rubor que estos nombramientos, sin perjuicio de que, como es lógico, debamos esperar un tiempo razonable para juzgar su gestión, me llenan de alegría y orgullo, por ellas y por España. Soy un convencido que la mayoría de las mujeres son más inteligentes y más eficaces que los hombres, y que los prejuicios acerca de la supremacía del macho no pasan de ser eso, "una opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal", bellísima descripción que del prejuicio nos regala la RAE. Los tiempos cambian, y esas frases supuestamente ingeniosas como la decimonónica de Bierce, calificándolas de "un animal que vive usualmente en la vecindad del Hombre y poseedor de una rudimentaria susceptibilidad a la domesticación", caen hoy al abigarrado cesto de los desperdicios espirituales.
En lo que se refiere a la edad, el asunto cobra reflejos simplistas, porque la formación de una mujer profesional y joven es hoy idéntica, si no superior, a la del varón. Así, el caso de Bibiana Aido, jovencísima gaditana recién elegida ministra de Igualdad, y a quien los de estos pagos sólo debemos desearle éxito y suerte en su desempeño, tiene ya antecedentes en nuestra historia: Federica Montseny fue durante la II República y a sus 31 años, ministra de Sanidad y Asistencia Social.
En la época de las mentadas sufragistas, Elinor Glyn, mujer de bandera, reclamaba que una hembra debía ser "enhiesta como un dardo, dúctil como una serpiente y orgullosa como una azucena". Lo expresó en 1908 y suena ligeramente cursi, pero es auspicioso e inspirador.
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