Al punto

Juan Ojeda

¡Qué tía, la CIA!

29 de junio 2009 - 01:00

HAY que ser más generoso, hombre. Háganme caso que aquí, por cualquier quítame allá esas algas, estamos pidiendo dimisiones. Lo de las algas lo digo por las que agentes del Centro Nacional de Inteligencia limpiaron el fondo de la piscina de su jefe, el señor Saiz. Cosas mucho peores se hacen con los jefes y no pasa nada. Y si el hombre se fue a pescar, o a cazar, o a montar en globo, con cargo al erario público, pues tampoco es para tanto. Peores cosas -según se mire- hace Berlusconi, y es presidente del Gobierno, lo cual le permite cambiar un revolcón por un escaño en el Parlamento Europeo. Y hay mucha gente que lo envidia.

Pero íbamos a lo de Saiz que, minucias aparte, ha demostrado cualidades más que suficientes para ser director del Centro Nacional de Inteligencia. Porque, inteligente, lo que se dice inteligente, o sea, con su coeficiente y todo eso, no sé si lo es, ahora bien, listo es tela marinera, y ocurrente, y oportuno. Porque hay que ser todo eso, y más, para sacarse de la manga lo de la maquinita de la verdad, también llamada polígrafo, detector de mentiras. Ahí es nada el tal Saiz, que en cuanto que ha visto que el personal de los servicios secretos se le sublevaba y empezaba a largar fiesta en los medios, los ha puesto en fila, caminito del polígrafo que, por lo que uno ha aprendido de las películas americanas -que no se entere de esto la ministra del cine- es como una silla eléctrica, pero que, en vez de freírte, sólo te achicharra. Te achicharra a preguntas y te descubre tus más inconfensables secretos.

Bueno, pues Saiz ha descubierto el método para desenmascarar a tus enemigos internos, a los mentirosos. Así que si, por un casual, este buen hombre tuviera que dejar el puesto, porque nos pongamos en el plan de no dejar pasar ni una, tendría por delante un espléndido futuro si se dedicara a comercializar tan útiles aparatos entre partidos políticos, empresas e instituciones varias.

Un ejemplo, imagínense ustedes, pero no se rían por favor, el resultado de uno de esos polígrafos, en tamaño reducido, colocado en los escaños de nuestros parlamentos varios, que empezase a pitar y a destellar bombillitas rojas, cuando el orador de turno, dijese algo que no correspondiese a la verdad verdadera. ¿A que sería bonito? Y si, además de pitar y encender lucecitas, se desconectase el micrófono durante el tiempo que durase la falacia, el espectáculo sería glorioso.

Total, un invento espléndido lo del polígrafo, lo que demuestra que el señor Saiz, aunque haya sido frívolo a la hora de utilizar los fondos públicos -reservados-, está capacitado para cualquier cargo en la Inteligencia. Ahí está la CIA, como en la película ¡qué tía la CIA!

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