Su propio afán

La tarea dividida

Cuando en un matrimonio cada cónyuge empieza a milimetrar y cronometrar al otro, malo

No será un gran mérito científico descubrir el Mediterráneo, pero la alegría no te la quita nadie, ni el chapuzón, si hace bueno. Con treinta y cinco años de retraso, he dado con una canción extraordinaria de los hermanos Krahe. Se titula "Nos ocupamos del mar", precisamente. Es un himno.

Canta al amor de madurez; incluso -diría yo, arrimando el ascua a mi doctrina- al conyugal. Lo seguro es que ya no es un enamoramiento que se mira a los ojos y basta. Ellos se ocupan del mar, de la tierra, de todo. Sólo al llegar la noche se reúnen. Tanto ocuparse de todo «es cansado./ Por eso al llegar la noche/ ella descansa a mi lado,/ mis manos en su costado". No se puede describir mejor; y lo digo yo que lo intenté con un poema titulado, justamente, "Pleamar".

La canción muestra una impagable igualdad asimétrica que se recrea golosamente en la diferencia de los sexos. Ambos se lo curran mucho, pero, mientras ella está en las olas, el hombre en la marea. Siguen dividiéndose el trabajo de la tierra: "Yo troncos, frutos y flores./ Ella riega lo escondido". Y la tercera estrofa da con el matiz definitivo: "Todos los temas tratamos/ según es nuestro talante:/ yo lo que tiene importancia, / ella todo lo importante". Qué exactitud: mientras el hombre está en la importancia, la mujer en lo importante. Cuando en un matrimonio cada cónyuge empieza a milimetrar y cronometrar -como impone este tiempo- lo que hace el otro, exigiendo identidad de tareas y exactitud de dedicación, se meten ambos en un embrollo de cintas métricas que les atan contra sus querencias. La letra de Javier Krahe va a favor.

Me recuerdan que también Paul Newman achacaba el éxito de su matrimonio a que tenían muy bien repartidas las cosas en casa. Él se ocupaba de las relaciones exteriores de la familia con China, Rusia, etc.; y su mujer, de todo lo demás. Es la misma idea, y tiene gracia, pero sirve, sobre todo, para apreciar la finura insuperable de la canción. No se permiten ni la más mínima irrisión del modo de ser del hombre ni de sus mareas ni de sus frutos, sus troncos y sus flores. En parte, secretamente, por respeto a la mujer que lo ama. Nadie quiere querer a un pelele.

Cuando los chistes no pueden circular en ambas direcciones nos estamos metiendo en un callejón sin salida. Aquí lo que circula libremente, además, es un cariño muy firme, que se funde cada noche, cansado gozosamente. Sus voces en sus costados.

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