¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

El silencio de Rajoy

22 de enero 2016 - 01:00

RAJOY ha vuelto a poner cara de gallego. ¿Qué significa eso? Nadie lo sabe. La política y el periodismo son ante todo palabras, un inmenso y ensordecedor charloteo que, a la vista está, no es del agrado del presidente. Otra cosa es el poder. Esa cosa extraña sí le gusta a Rajoy y a todos los que nos dejamos tentar por el mundo y sus engaños. Sólo algunos santos y algunos anarquistas, pero muy pocos, permanecen pétreos ante sus tentaciones.

Es famosa la sentencia de Unamuno en la que afirma que, a veces, el silencio es la peor de las mentiras. Otra, anónima, defiende que en política las cosas son siempre lo que parecen. Probablemente, la ausencia de palabras de Rajoy significa, simplemente, que no tiene absolutamente nada que decir. Sólo esperar. En Cataluña estuvo a punto de salirle bien, ¿por qué no va a funcionar ahora? Quizás todo cambie hoy, cuando termine su confesión ante el Rey. Quizás saque ese as de la manga que todos los suyos están esperando, un giro dramático y triunfal que vuelva a conducir al PP a los verdes pastos del poder, aunque sea a cambio de la autoinmolación del líder, aunque sea con la menina haciendo de Agustina de Aragón ante esos franceses de segunda que son los independentistas catalanes.

Por otra parte, en este inmenso griterío en el que se ha convertido el país se agradece el espíritu cartujo del presidente, su lengua trapense y escueta. Siempre serán mejor sus silencios que escuchar a Mireia Boya -diputada de la CUP- amenazar con hablará en occitano aranés cuando suba a la tribuna del Parlament. Demasiado ruido en demasiados idiomas. Rajoy hace el Don Tancredo en medio del ruedo nacional, pero la grada está llena de gente vociferante, de tuits indignados, de artículos como este, de televisores a todo volumen. El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras, dice el refrán popular, lo que nos recuerda que España se ha convertido en una inmenso mercado de esclavos, como la ciudad de Argel en la que penó Cervantes mientras su cabeza era un bullir de historias, un griterío de palabras que pugnaban por salir.

Si por un momento todos nos callásemos, si el silencio apareciese súbito como un milagro, como una brisa fresca en el verano, entonces todos podríamos descansar por un momento, sólo por un momento.

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