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Hoy vivimos en unas sociedades industriales avanzadas donde crece, cada vez más, la indiferencia hacia la religión para la gran mayoría de su población, sobre todo para sus generaciones más jóvenes. La cuestión religiosa ya no cuenta, ni siquiera como problema. Hay un dato sociológico que no admite discusión: en nuestro Occidente desarrollado empiezan a detectarse serias dificultades de convivencia con el elemento sobrenatural. Pasó aquel tiempo en que se daba una "coexistencia pacífica" entre la comunidad científica-filosófica y las religiones.
Durante la etapa en que los hombres vivieron en sociedades pre-industriales, las narraciones sagradas, sus mitos y rituales, sostenían el modo adecuado de interpretación de la realidad. Debía creerse en lo que decían estos símbolos acerca de la dimensión absoluta de lo existente, y someterse a un programa colectivo que se imponía como voluntad y garantía divina. Era el proyecto de vida construido por Dios mismo, expresado a través de las creencias religiosas. Pero cuando surge la revolución industrial cambia radicalmente esta visión del mundo. Las ciencias y las técnicas se convierten en las grandes protagonistas de la programación social. La interpretación de la realidad no necesitó ya recurrir a narraciones sagradas o revelaciones divinas, ahora se basaba en teorías científicas y filosóficas. La religión, por ello, fue marginada de los idearios colectivos a medida que se extendió el proceso de industrialización y la aparición de unas sociedades en continua innovación que, con su producción científica y creaciones tecnológicas, excluyeron a la mitología como forma de conocimiento.
La humanidad no se apoya ahora en revelaciones divinas, sino en el descubrimiento de la realidad desde las ciencias y la filosofía. En la sociedad actual los proyectos y normas hemos de construirlos nosotros mismos, contando sólo con nuestros propios medios y capacidades. Los postulados que daban origen a las religiones tradicionales y a las creencias están sufriendo una fuerte crisis y han entrado en vías de desaparición. La ciudad industrial fabrica un tipo de mentalidad en la cual nada nos viene dado desde el mundo exterior ni fuera de la naturaleza de las cosas. Se trata de una conciencia colectiva que, con la mundialización de las comunicaciones, está siendo difundida a todos los ámbitos de la vida cotidiana. Las tradiciones religiosas subsisten en nuestro mundo desarrollado y en sus ciudades altamente urbanizadas, pero lo hacen como una más junto al resto de las demás ofertas de sentido, sin el protagonismo y la pretensión de verdad que disfrutaron siglos atrás. Puestas unas al lado de las otras se relativizan mutuamente, participando en la concepción preponderante de construir entre todos un programa de consenso social.
No obstante, la dimensión trascendente de la realidad y la espiritualidad continúan siendo una condición específica del ser humano. La nueva y urgente tarea que se presenta ahora para los creyentes es elaborar una forma diferente de representar y vivir esa componente, crear las condiciones adecuadas que hagan posible su cultivo. Sin ignorar el contexto cultural en que se desenvuelven las actuales sociedades, sin creencias sobrenaturales ni sagradas, sin religiones ni dioses. Una nueva espiritualidad es posible. Y necesaria. Pero no podrá ser religiosa, si por religión entendemos unos proyectos de vida colectivos revelados por Dios, intocables y a los que hay que someterse sin discusión. La nueva espiritualidad deberá albergar el componente laico y democrático, para poder adecuarse a nuestras condiciones culturales. Existen riesgos, indudablemente, pero ésta es la situación en que nos encontramos y no hay posibilidad de marcha atrás. Nos alejamos inexorablemente de las sociedades religiosas tradicionales y llegan las sociedades secularizadas. Es el fruto, para bien o para mal, de una evolución de siglos y de la historia de Occidente.
Las narraciones sagradas, los mitos y símbolos en que se expresaban las tradiciones religiosas no pretendían descifrar la realidad, sino facilitarnos un modo de interpretarla y valorarla, una guía para actuar y vivir desde unos programas y proyectos de vida adecuados a la mentalidad agraria. Las circunstancias de la aldea global informatizada han barrido por completo los modos de vida pre-industriales, y con ellos, todas las maneras de entender y organizar la realidad propias de este tipo de sociedades. Las religiones han perdido su prestigio cultural e incluso espiritual de antaño, sus contenidos ya no forman parte del discurso central de la cultura, y sobreviven en los márgenes. Hemos jubilado unos medios que resultaban factibles para desarrollar la dimensión absoluta de la existencia, las formas tradicionales de cultivo de la espiritualidad, sin que tengamos todavía unos sustitutos. Empeñarse, como parece que quieren algunos grupos eclesiásticos, en que la religión se desarrolle como se hacía en la Edad Media es una empresa inviable y, además, un gran engaño a la comunidad cristiana. No se puede intentar remediar la actual crisis moral y de valores apelando a procedimientos de sociedades, no sabemos si mejores o peores que la nuestra, pero sí ya muertas.
Debemos encontrar y crear los procedimientos adecuados que hagan posible la vivencia de una espiritualidad en el momento presente, de acuerdo con sus parámetros culturales: en constante cambio y en condiciones de globalidad. Aunque todavía no sabemos cómo tendrá que concretarse, ni tampoco la manera de hacerla accesible a todos los colectivos sociales.
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