El Palillero
José Joaquín León
Ni Carranza, ni Nuevo Mirandilla
Afinales de julio de 1914, Stefan Zweig estaba de vacaciones en la ciudad costera de Ostende. Un día, un destacamento militar se acercó a la playa con una ametralladora tirada por una traílla de perros. Uno de los amigos de Zweig se puso a acariciar a uno de aquellos perros, pero el oficial al mando le gritó que no podía tocarlos. Había una amenaza de guerra. Alemania había lanzado un ultimátum contra Bélgica.
–Qué disparate– comentó Zweig–Amigos míos, colgadme de una farola si los alemanes entran en Bélgica!
Una semana después, los alemanes entraron en Bélgica. Y dos meses después, las tropas del Káiser habían ocupado todo el país. Bélgica dejó de existir y su lugar lo ocupó el Gobierno General, una administración títere bajo la dirección de Alemania. Hasta la bandera belga se cambió por una bandera que tenía los mismos colores de la bandera alemana. En sus memorias, Zweig comentó que lo único bueno que ocurrió aquel verano de 1914 fue que sus amigos belgas no le tomaron la palabra y no lo colgaron de una farola.
A mí me gusta releer las memorias de Zweig, que tienen el hermoso título de El mundo de ayer y que escribió cuando era un exiliado y sabía que su vida ya no tenía sentido tras las victorias nazis en medio mundo (de hecho, Zweig envió el manuscrito a su editor desde el Brasil, en febrero de 1942, y al día siguiente se suicidó). Pero las memorias de Zweig son extraordinarias y deberían ser lectura obligatoria para cualquiera que tenga un poco de interés por ese espacio mental y cultural que aún llamamos Europa (¿queda gente así?, me pregunto). Las almas pequeñas, los resentidos, los envidiosos, critican a Zweig y le llaman sensiblero y mentiroso, pero no sé yo si muchos autores actuales de prestigio podrían competir con una sola página de Zweig. Y el caso es que ahora me he acordado de esa escena en la playa de Ostende y de esa ametralladora tirada por una traílla de perros (movilizados a su pesar, pobrecillos). Todo ridículo, sí, pero las cosas ocurren así. “¡Amigos míos, colgadme de una farola si los alemanes entran en Bélgica!”, les dijo Zweig a sus amigos que hablaban de la guerra. “Todavía hoy doy las gracias a mis amigos por no haberme tomado la palabra”, escribió 36 años más tarde al recordar la escena. Y sí, las cosas ocurren así. Es bueno saberlo.
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