La tribuna

Rafael Caparrós

Estados y mercados

PARA entender la crisis actual hay que insistir en las consecuencias políticas de las masivas inversiones especulativas de capital realizadas durante la última etapa de auge económico. Orientadas a obtener el máximo de plusvalías en el menor tiempo posible, se han dirigido a financiar operaciones especulativas de compraventa de títulos, empresas, terrenos e inmuebles de dudoso, cuando no claramente negativo, interés general. Lo que generaría las tristemente célebres "burbujas" inmobiliaria y especulativa, y una enorme inestabilidad, porque de hecho las inversiones especulativas resultan ser tanto más rentables cuanto más improbables sean los resultados a los que apuestan conforme a la lógica tradicional de la inversión.

Sin embargo, el neoliberalismo oculta las mutaciones que ha sufrido el capitalismo al desplazar su actividad desde la producción de riqueza a la especulación financiera, mucho más rentable a corto plazo, aunque social y medioambientalmente insostenible, pues la metáfora de la producción oscurece la realidad de la adquisición de riqueza mediante la especulación y la idea de mercado hace que pasemos por alto la intervención del poder político (por acción o por omisión) en el proceso económico mismo. En el capitalismo financierizado actual hay empresas capaces no sólo de conseguir privatizaciones, recalificaciones, concesiones, etc., a su favor, sino de disputar a los estados el propio poder político para delimitar las reglas del juego económico y financiero en sistemas formalmente democráticos, junto con la capacidad de manipular mediáticamente a la opinión pública, polarizándola así frente a los estados, como demuestra claramente el caso italiano.

Ello ha ocurrido porque los Estados, es decir, sus máximos dirigentes políticos, han hecho dejación irresponsablemente de sus funciones tradicionales de regulación y control de los mercados, al haber aceptado como válidos los dogmas neoliberales de que la eficiencia económica exigía su inhibición, la ausencia de marcos regulatorios y la renuncia a cualquier forma de fiscalización estatal de unos mercados pretendidamente autorregulados.

Ésas son, entre otras, las conclusiones del reciente Informe del Congreso EEUU sobre la Crisis Financiera de 2008. En efecto, la Comisión, que celebró 19 audiencias y entrevistó a más de 700 testigos, señala en su informe como principales culpables a los ex presidentes de la Reserva Federal Alan Greenspan y Ben Bernanke, por haber permitido la desregulación del sector financiero y la expansión incontrolada de la burbuja inmobiliaria. Ambos, además, son responsables de no haber ejercido su liderazgo político a la hora de frenar los excesos especulativos de los operadores financieros e inmobiliarios y los fraudes de unas agencias de rating supuestamente independientes, pero que en realidad estaban compradas por aquellos a quienes debían evaluar. En definitiva, el informe sostiene que la crisis podía haberse evitado, si las autoridades políticas hubieran exigido responsabilidades a tiempo a Wall Street.

Cuando se haga el balance de la respuesta europea a la crisis y del servil sometimiento de sus máximos dirigentes políticos, incluyendo a los del Banco Central Europeo, a la lógica pura y dura del "terrorismo financiero" de los mercados (Griñán dixit), aparecerán claramente en Europa similares responsabilidades a las ahora señaladas para EEUU por el mencionado informe. Porque lo cierto es que desde la caída del Muro de Berlín venimos asistiendo en todo el mundo a una descarnada lucha por el poder entre unos estados cada vez más pasivos y unos mercados cada vez más frenéticamente demoledores, cuyos resultados, por socialmente desastrosos que sean, son sistemáticamente legitimados por la ideología neoliberal que preside la globalización y coloniza las mentes de los máximos dirigentes políticos. El que fuera último presidente del Bundesbank, Hans Tietmeyer, lo había dicho con sorprendente claridad ya en 1996: "La mayoría de los políticos siguen sin tener claro hasta qué punto están hoy bajo control de los mercados financieros e incluso son dominados por ellos." (Frankfurter Allgemeine Zeitung, 3-2-1996).

En esta ocasión, sin embargo, en EEUU y en Europa, las reacciones políticas iniciales a la crisis financiera global fueron esperanzadoras. Se habló de necesidad de "refundar el capitalismo" (Sarkozy) y los participantes en la Cumbre de Washington del G 20 (noviembre de 2008) se propusieron implantar, con fines disuasorios, algún tipo de gravamen a la especulación financiera; combatir el fraude fiscal, enfrentándose al dinero negro y a los paraísos fiscales; reforzar el control de la dinámica de los hedge funds y de las agencias de rating; reformar las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Foro de Estabilidad Financiera, etc.

Pues bien, de todo ello hasta ahora no se ha hecho sino postergar sistemáticamente la toma de decisiones a futuras reuniones. El resultado, pues, de ese enfrentamiento se salda por el momento con la rotunda victoria de los mercados sobre los estados.

Y así nos va…

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