Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
EL movimiento sociopolítico Podemos, que ha sido capaz de aglutinar buena parte del descontento de los ciudadanos con la crisis económica, social y política que atraviesa España, quedó este fin de semana convertido definitivamente en un partido dispuesto a pelear por el acceso al poder. Lo hará bajo la dirección personal del profesor universitario Pablo Iglesias, único candidato a secretario general y aclamado como tal por más de cien mil simpatizantes de la organización, que se ha rodeado de un consejo de coordinación de su confianza, semejante a los comités ejecutivos de las formaciones tradicionales. Iglesias no ha dejado lugar a dudas sobre los objetivos de Podemos: conseguir el Gobierno de España y liquidar el régimen democrático nacido de la Transición, al que identifica con la corrupción y el bipartidismo que la propicia. La proximidad de las elecciones convierte en prioritaria para Podemos la elaboración de un programa que convenza a amplios sectores de clases medias y bajas de que la nueva organización va más allá de ser la receptora del malestar de la gente y ofrece fórmulas racionales, además de radicales, para resolver los problemas y conflictos del país. El propio Iglesias lo admitió así en su discurso, asegurando a sus seguidores que a partir de ahora viene lo más difícil. En efecto, por muy bien que suene ante la opinión pública la música de Podemos (regeneración, no a la "casta" de políticos al uso, freno a la desigualdad), a un partido que concurre a unas elecciones con vocación de ganarlas se le exige de entrada que escriba la letra que acompaña y aclara esa música bien acogida. Es decir, que explique qué hará con la economía, cómo afrontará la deuda exterior de España, cómo actuará ante las pensiones y los contenciosos territoriales. Aunque es pronto para augurar la evolución de Podemos, y ellos mismos no cesan de moderar su lenguaje, hay aspectos inquietantes de su práctica política, como la renuncia a participar en las elecciones municipales, que es como rehuir la responsabilidad ante los problemas más cotidianos de los españoles, la pretensión de recibir apoyos de todo el espectro ideológico pese a su claro alineamiento con la izquierda más radical y la voluntad de destruir el sistema que surgió de la Transición, el más democrático y progresista que hemos tenido nunca, por muchos defectos que tenga y muchas reformas que necesite. Podemos está emplazado a precisar si es un partido que respeta las reglas del juego de la democracia aunque defienda reformas y cambios de carácter radical o si, por el contrario, su vocación rupturista con el sistema le conduce a pelear por su sustitución por un régimen autoritario y restrictivo con las libertades. Su futuro depende en buena medida de este dilema.
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