La quinta columna

jaime Rocha

La iglesia perseguida

EN estos días de fiesta y alegría, cuando todos nos deseamos mutuamente paz y amor, millones de seres humanos, en determinadas zonas de nuestro planeta, sufren persecución y muerte por profesar unas creencias religiosas odiadas hasta el extremo por fanáticos violentos.

Un informe, presentado por Ayuda a la Iglesia Necesitada, cifra en más de 350 millones de personas -de los que algo más de doscientos millones son cristianos- quienes, por mantenerse fieles a sus creencias religiosas, sufren todo tipo de vejaciones, persecución y muerte.

El Papa Francisco lo acaba de decir en su mensaje al mundo de primero de año: "La paz siempre es posible", solo falta que los dirigentes mundiales pongan el acento en la resolución de problemas como el hambre en el mundo, combatir las terribles enfermedades que causan millones de muertes todos los años, en especial entre los niños, corregir las desigualdades sociales y garantizar una vida libre y digna a todos los seres humanos.

No es una utopía irrealizable. Existen excedentes alimenticios en cantidad suficiente y lo estamos viendo en la ingente labor desarrollada por los Bancos de Alimentos en nuestros países, pero ¿por qué no trasladar esa respuesta a las sociedades que mueren de hambre?

¿Por qué las grandes empresas farmacéuticas o los países ricos no proporcionan vacunas y medicamentos de forma gratuita para erradicar las terribles plagas de enfermedades que apenas llegan a Occidente?

¿Por qué no existe una acción conjunta y decidida contra organizaciones terroristas como el autodenominado Estado Islámico, Boko Haran o Al Qaeda, que asesinan y masacran a poblaciones enteras?

No vale decir que no está en nuestra mano resolver tantos y tan graves problemas y ponernos de perfil. El Papa Francisco llama a la acción a los líderes mundiales y su voz es escuchada, pero todos tenemos que sensibilizarnos con estas causas y apoyar sus justas demandas. Eso es lo importante: dejar oír nuestras voces, donde quiera que podamos hacerlo. Entre todos podemos lograr que de verdad, cuando decimos Feliz Navidad, este deseo alcance también a los que más sufren.

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