Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
Pues sí, una de las mayores desgracias ocurridas en Cádiz en los últimos años ha sido la muerte del drago de las Puertas de Tierra. Al menos, eso es lo que pensaría cualquiera que nos visite, viendo la que se ha montado en la trimilenaria ciudad del Bicentenario. Y vaya por delante: poco se ha montado para lo que ha ocurrido. Algo se muere en el alma cuando un drago se va. Sobre todo si se va como se fue este pobre, que se quedó como si hubiera muerto víctima de un atentado con coche bomba en Bagdad, con conductor suicida incluido. Este drago parecía como si hubiera sucumbido en Iraq o en Afganistán. Tal como se lo llevaron para el arrastre era irreconocible; esa no es forma de morirse un árbol en Cádiz. Trini Jiménez, la ministra de Sanidad, ha debido decir algo, al menos para aclarar que este drago no se ha ido al otro barrio de los dragos por culpa de la gripe A, sino presuntamente por unos hongos canallescos, que compadezco al que los pille.
Quien ha puesto el grito en el cielo ha sido Purita González de la Blanca, que no perdona una, y menos de este grueso calado, tal como se quedó el pobre drago. Purita es una ecologista culta, educada y refinada, una señora respetable, que contradice la visión general sobre este gremio que propagan algunos. Yo creo que en Cádiz no se cepillan más árboles principalmente para no escuchar después a esta mujer largando fiestas, como gran defensora de la fauna y flora local que es. Pero en este caso, querida amiga, tiene castañas pilongas cómo lo dejaron. Ha resultado además que el drago difunto es el que reproducía el Ateneo en sus dragos de oro, el último de los cuales se concedió a la Reina Sofía, aunque no lo recogió Su Majestad (esa es otra historia). Y a ver cómo le explica ahora Ignacio Moreno a la Reina lo que ha pasado.
Un drago (dracaena draco) en ese sitio se podría morir de alegría cuando celebran allí un ascenso del Cádiz, de asco, de pena o de vergüenza en otros momentos. De lo que no se suele morir un drago es de viejo. En Icod de los Vinos hay un drago milenario que tiene unos seiscientos años; es decir, que en 1812 ya tenía unos 400 años. La vida de un drago, sobre todo si es canario, se cuenta por siglos. Este tiene dos siglos, aquel tres, y cosas así. En Cádiz se debería contar por bicentenarios. Pero este draguito nuevo que han puesto, de 30 años, es un bebé de drago. A ver cuánto dura ahí, cuidado con la pandemia de hongos... Y es que ésto sólo pasa en la tierra de José Celestino Mutis, lumbrera de los botánicos.
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