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EL río Iro ha sido, en diversas épocas históricas, una figura retórica para decir Chiclana o denominar a los chiclaneros. "La hermosa ciudad del Iro", la llama el periódico "La Información" en 1914 al describir los actos del centenario de la inauguración de la Iglesia Mayor. "El poeta del Iro" es el calificativo con el que se conocía ya en el siglo XIX a Antonio García Gutiérrez. El Iro es, propiamente, el símbolo mismo de Chiclana, su origen y, ya lo sabemos, la causa fundamental de que los fenicios se establecieran en el cerro del Castillo, y con él un asentamiento más de Gadir. Un punto de vigilancia, residencia, abastecimiento y comercio a la sombra del templo de Melqart. Aunque ya había aquí -y las excavaciones lo han demostrado- un poblado autóctono. Y el río evolucionó, y con él la incipiente villa. Los romanos aprovecharon su navegabilidad para comerciar y sostener el templo de Hércules Gaditano. La misma navegabilidad dictó que durante prácticamente los quince siglos siguientes -hasta principios de 1900- el Iro fuera un serpenteante eje, fundamental, en la economía, el transporte y la vida de Chiclana.
En época musulmán misma: los incontables restos arqueológicos de La Mesa, incluso del propio cerro del Castillo, los procedentes del entorno de la Torre del Puerco o de Sancti Petri, hablan de una población que forzosamente se habría que comunicar a través del río con la costa atlántica, sobre todo a partir del siglo IX. Después de 1303, cuando Fernando IV entrega Chiclana al ducado de Medina Sidonia, el río continuó culebreando el paisaje, pero, sobre todo, trayendo y llevando mercancías y pasaje a un Cádiz que se enriquecía con el comercio americano. Era un río con su embarcadero y con una villa volcada a su cauce, del que dependía. "Es puerto de mar, y abundante, de trigo, vino, aceite, pesca, buenas huertas, frutas y legumbres, con muchos pinares", describe a Chiclana en 1768 el primer volumen del índice de la "Población General de España, sus reynos y provincias, ciudades, villas y pueblos, islas adyacentes y presidios de África", escrita por Juan Antonio de Estrada.
Ese río ha marcado el ser mismo de Chiclana, le ha dado identidad y ha sido a veces esperanza, y en otros momento condena. De la prehistoria a nuestros días, hay incontables referencias a la influencia determinante del Iro como un extraordinario eje que nos ponía en comunicación con el Atlántico, con Cádiz, con el cosmopolitismo, con la historia. Hasta que el río decae como vía de comunicación en la medida que el cauce hacia el caño de Sancti Petri va haciéndose innavegable por su progresivo aterramiento, aún así mantiene cierto tráfico -muy menor- hasta el fondeadero del caño de Bartivás. Ya a comienzos del siglo XIX el crecimiento del comercio americano y la presencia de la burguesía gaditana entre nosotros demanda la necesidad de una comunicación terrestre con Cádiz. En 1813 se inicia a construir el camino de tierra, aunque el caño Zurraque había que atravesarlo en barca. Hasta 1842 no se construye el primer puente fijo de madera. Entonces comienza Chiclana a olvidarse de "su" río. Más aún cuando en 1909 se inaugura el primer puente de hierro.
Sí, su "río", al que la ciudad ha despreciando durante buena parte del siglo XX: "Presunto río, que ni era capaz de parecerlo a su paso por la población", lo describe Fernando Quiñones en uno de sus relatos, ambientado en la Chiclana de 1930. Y luego vendría la contaminación, los olores, los colores. El cruzar los puentes Chico y Grande si mirar abajo, excepto cuando venían las aguas crecidas de Medina y la memoria colectiva recordaba 1920, 1930, 1962, 1965… esos años de riada y fango.
El Iro es, afortunadamente, otro: más vivo, más limpio, más marisma y parque natural. Pero aún queda mucho que hacer por él. El Ayuntamiento, la Junta, la Demarcación de Costas hacen lo suyo -y de ellos esta misma semana hemos tenido noticias-, pero somos los chiclaneros mismos los que debemos hacer de "nuestro" río, de nuevo, un elemento regenerador de nuestro presente: en lo turístico y lo medioambiental, en lo comercial y lo paisajístico, en lo urbanístico y lo cultural. Es necesario que veamos el río con otros ojos, fieles a la historia y a la ciudad: es la labor que se marcado un grupo de chiclaneros denominados "Grupo Iro XXI", con Pepe Mier, Víctor Muñoz, Pedro Leal, Javier López Macías, José Luis Díaz de la Torre, Paloma Bueno, Patricia Bernal, Manolo Sierra e Inma Salado. Y en el que orgullosamente participo, porque, además, pensar y reconocer el río es reflexionar y explorar también sobre el pasado y el presente de Chiclana. En ese río que ha contenido múltiples hidrónimos a lo largo de la historia -Besilo, Lirio, Liro, Iro… y que hasta como Tiro o Siro, aparece señalado-, pero sobre el que tanto se desconoce, tanto se ignora. Y que tanto tiene que decirnos. Y tanto que enseñarnos sobre la ciudad que fuimos. Y que nos abre en par en par, además, el inmenso tesoro del Parque Natural, siguiendo su cauce hasta Sancti Petri. Hasta el futuro.
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