Boro vive

25 de enero 2026 - 03:08

La historia de Boro, perrillo que sufrió el accidente de tren, ha terminado muy felizmente. Primero nos enteramos de que se había perdido. Por comparación, era un drama minúsculo. Luego, supimos que no estaba desaparecido, sino huidizo, temeroso, incapturable, pero vivo y coleando, y eso nos alegró. Entonces lo de “coleando” adquirió otro sentido. Gracias a un regidor municipal de Adamuz, que tenía una perra y, aún más, una perra en celo, tiraron la caña, y Boro apareció al instante, sano, salvo y con altas expectativas de continuar la especie, esto es, con el mejor de los ánimos.

A algunos les pareció censurable tanta preocupación por un animal. Lógico: la desproporción con la tragedia es cierta, pero también es verdad que la que estaba preocupada por el perro era básicamente su dueña, hiperbólica y nerviosa, desde luego, pero tierna. Alipori aparte, el suceso nos deja tres lecciones para los tiempos que corren. La primera es que un acto de amor nunca es ridículo, como decía Léon Bloy, aunque lo roce. Siendo ella la dueña, se reivindicaba también la propiedad, que es algo que hay que defender ahora con uñas (o garras) y dientes. Por último, se ponía en acción –hasta doblando la apuesta– aquello del ordo amoris que había recordado J. D. Vance y por lo que le cayeron tantas críticas. Lo lógico del corazón es atender primero lo nuestro. La chica se preocupaba por un animal que estaba bajo su cuidado, y eso es natural, responsable y noble. Del mismo modo que habrá accidentados que han perdido objetos valiosos o queridos y desean recuperarlos. También ellos tienen mi solidaridad.

Pero volvamos a Boro, y al giro inesperado de los acontecimientos. Qué ingenio cervantino el del regidor de Adamuz, cayendo en la cuenta de los irresistibles encantos de su perra. Mira que había voluntarios del PACMA detrás de Boro, pero éste no se sentía atraído por los ecologistas. Ni el frío ni la lluvia ni el hambre ni las llamadas dulzonas que coreaban su nombre por esos sotos con presura consiguieron conmover su corazón canino, asustado por el accidente. Los encantos de la dama lebrera, sí. Y eso es, bien pensado, un canto al sentido común, a los derechos de la naturaleza y a la más clásica heterosexualidad. Entre unas cosas y otras, Boro es un campeón (muy nuestro). La lucha sigue.

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