Su propio afán
Unipartido
Sevilla es una ciudad en decadencia, un período que comienza a juicio de los historiadores con el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz en 1717 según la orden de Felipe V, el rey que al menos tuvo el detalle de pasar un verano en Cazalla de la Sierra. Desde entonces solo recuperó el esplendor de forma transitoria en los días de la invasión francesa, cuando la Junta Suprema de España e Indias se mudó a Sevilla y la ciudad fue la capital política un par de años, tal como analiza el catedrático Manuel Moreno Alonso en su nuevo libro. En el siglo XX disfrutamos de dos momentos: la Exposición Iberoamericana, a la que siguió la Guerra Civil, y la Exposición Universal de 1992, borrachera de inversiones con una resaca de presupuestos públicos menguados que todavía dura. No hemos disfrutado de un progreso sostenido y duradero, sino de impulsos, como si la ciudad fuera un mastodonte de siglos que cuesta un mundo levantar para que se desplace. La decadencia puede ser bella y atraer cantidades ingentes de turismo, no hay duda, pero tampoco la hay en que el actual no es el modelo idóneo. El inicio del siglo XXI no ha sido el mejor. A la crisis general de 2008 hay que sumar la caída de Abengoa y ahora la venta de Ayesa al consorcio vasco, una operación en la que el Gobierno autonómico que preside Imanol Pradales ha tenido un papel más que relevante para llevarse la compañía a su tierra. Dos multinacionales menos, dos grandes empresas andaluzas que perdemos. Abengoa sufre un concurso de acreedores. Ayesa trasladará su domicilio social al País Vasco y dejará de contar con la participación de la familia Manzanares, encabezada por el ingeniero que ha levantado puentes modernos, ofrecido soluciones para los grandes pilares agrietados de catedrales góticas y participado decisivamente en grandes infraestructuras en todo el mundo sin dejar nunca de valorar, ensalzar y disfrutar de las señas de identidad de su tierra. No solo sacrificamos en el altar del turismo depredador esos encantadores negocios locales que hacen distintas a nuestras ciudades, también perdemos las escasas grandes compañías que hacen una Andalucía más rica y próspera, que tienen la capacidad para retener el talento que se forma en nuestras universidades. Necesitamos camareros, albañiles y fontaneros, pero exportamos ingenieros, médicos y arquitectos. Los vascos nos han ganado la partida, sería la conclusión resumida de forma simple. La verdad es que nuestra mentalidad no solo nos impide retener las grandes compañías (el empresario es muy libre de vender), sino hasta valorar las grandes claves que hay detrás de la operación: la indolencia de las élites y una población anestesiada y conformista.
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