Desde mi cierro

Pedro / G. Tuero

Nuestro apellido

19 de febrero 2011 - 01:00

SÉ que él se sentía muy orgulloso de su apellido. Y precisamente ese sentimiento me lo había inculcado. Desde que me puse a pensar la primera vez, y hace muchísimo tiempo, casi tanto como años, fui consciente, al compararlo con otros menos raros de la clase, que el mío no era muy corriente y que algo guardaba de misterio. Después, en lejanas conversaciones con mi tío, supe y luego indagué que su procedencia era norteña, de esa verde y hospitalaria Asturias, y más concretamente de la región de Villaviciosa y que por allí existía y aún está un pueblecito llamado Tuero, que no me gustaría morirme sin conocerlo.

Cuando la pasada semana nos dejó, reflexioné sobre este presente artículo que le dedico. Y no sólo por compartir nuestro apellido del que me siento muy satisfecho, sino por su ejemplar y sosegada trayectoria como hombre cabal, como persona silenciosamente religiosa o como esposo, padre y abuelo. De mi tío Julio Tuero sé lo que le he visto desde mi niñez, y también conozco lo que le oía de su padre y mi abuelo, su homónimo, que como funcionario municipal de entonces era el encargado de catalogar primero y registrar después los fondos de la biblioteca Lobo. Casi extinta hoy por su abandono y olvido de los políticos de turno que parece que no interesa. Con una exquisita y trabajada grafía gótica, mi abuelo clasificaba aquellos libros tan valiosos y sabios con artísticos apuntes que aún hoy quedan.

Después, casualidades de la vida y el destino, fue mi otro familiar, tío abuelo, Gabriel González Camoyano, el bibliotecario oficial de la "almirante Lobo".

Muchísimas vivencias guardo de mi tío Julio: aquel viernes santo en Cádiz que nos llevó sin titubear por una treintena de iglesias con la rigurosa visita a los sagrarios y de camino admirar los "pasos" que aguardaban su salida. También a su lado, contemplé el primer muerto en mi corta vida, el obispo de Cádiz, don Tomás Gutiérrez, me parece, que yacía en exposición para sus fieles.

O, no me puedo olvidar, que fue él quien me enseñó cómo formar un Nacimiento, con sus imitados montes y su plateado río. Su diaria entrega, antes de marcharse al trabajo, en la misa tempranera de las madres capuchinas. Su visión tan genuina de la vida, su entregada y cariñosa devoción por la familia, su hospitalidad para todos en aquella gran casa, junto a su esposa, tía Mercedes, lo mejor que ha podido tener a su lado por su valentía e inmensa humanidad. Y de muchísimo más.

Gracias por todo tío, y espero que cuando estés delante del que en tanto has creído, te reconozca por todo lo bueno que has hecho y no sólo por tu apellido. Un beso.

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