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Con el mundo desquiciado por la vuelta a la normalidad, no es extraño que a muchos la perspectiva nos dé un pellizco raro. Claro que echamos de menos un vermú en una terraza, abrazar a gente a la que hace tiempo que no vemos. Esas cosas de humano. Pero hay algo (quizá un tentáculo del síndrome de la cabaña, no lo sé) que da un pinchazo cuando se piensa en retomar lo de antes. Porque hay elementos en "lo de antes" a los que no querríamos volver: las ciudades para los coches, la contaminación, los ochenta millones de turistas y las casas para ellos, la cultura del usar y tirar, la vorágine fagocitadora en mucha de la producción cultural, la creciente uberización del trabajo y da las gracias mientras los discursos se llenan de soflamas contra el presencialismo, por la conciliación, por las mesas de futbolín. Es naif creer que todo eso cambiará. Lo que me aterra es pensar que lo que venga nos pueda hacer echarlo de menos.
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