Con la venia

Fernando Santiago

Zambombá

23 de diciembre 2011 - 07:37

LAS ciudades portuarias han tenido siempre en común un acusado cosmopolitismo: la confluencia de diferentes idiomas, religiones y costumbres ha hecho de los vecinos de las ciudades con puertos importantes gentes más abiertas y tolerantes. De ahí han surgido culturas basadas en el mestizaje: en el crisol de la ciudad portuaria dejaban su poso la influencia de sus naturales enrolados en compañías navieras, sus comerciantes con intereses en otros puntos del Globo, los pasajeros que transitaban por sus cantiles y todo ese trasiego humano que siempre ha hecho distintas a esta ciudades. Esa fue la seña de identidad de Cádiz. De ahí surge el carnaval: a partir de los aportes italianos y los ritmos caribeños, una fiesta diferente a otras. De ahí surgió la imagen liberal de la ciudad, abierta a los mares y a los vientos. Se asumían con naturalidad otras costumbres y otras formas de entender la vida y se asimilaban algunas, en las fiestas populares pero también en las tendencias artísticas o en la economía. Por eso en Cádiz había tantos periódicos, teatros en diferentes idiomas y un trasiego humano que le dio fama. Cádiz es, en ese sentido, la menos andaluza de todas las ciudades de Andalucía. La mayoría de las fiestas y costumbres populares andaluzas o no han tenido raigambre en Cádiz o se han interpretado de manera diferente. Su arquitectura es distinta de la del resto de Andalucía, su historia no tiene nada que ver con ese mundo agrícola de cosechas, aristócratas y ferias, sus gentes han tenido siempre una visión escéptica del mundo proveniente del contacto con otros pueblos y otras gentes. Por eso era motivo de orgullo que aquí no había feria ni hermandad del Rocío. No hay plaza de toros y la Semana Santa se ha vivido siempre con ligereza. Pero entre la mejora del transporte y la irrupción de la televisión se ha impuesto un paradigma andaluz más propio de Sevilla y sus diferentes secuelas. No quiero con ello menospreciar ni satanizar a otras poblaciones del entorno. Cada uno tiene sus costumbres y hace bien en mantenerlas y renovarlas. Esa es la dinámica de la historia. Lo sorprendente es el cambio producido en Cádiz, donde hemos pasado del cosmopolistismo al catetismo. Estas navidades organizamos más zambombas que en Jerez, aunque al parecer aquí se le ha dado en llamar zambombá, quizás para asimilarlas con la erizá o la ostioná, en ese lenguaje un poco zarzuelero que se ha impuesto en la ciudad. Nada tengo contra las zambombas. Me son radicalmente indiferentes siempre y cuando se anuncien y yo pueda huir de ellas. Detesto toparme de bruces con una en un lugar al que he ido a comer o charlar con unos amigos. Ahora es rara la cofradía que no organiza una zambombá, al parecer con fines benéficos. Rara la peña, raro el restaurante donde no aparece un grupo de flamenkitos con su cajón y todos sus avíos. No veo diferencia entre incorporar un McDonald y una zambomba, entre el Jalogüín y “la Virgen lavaba, San José tendía”. Es un escalón más en la bajada de la ciudad hacia la insignificancia .La decadencia.

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