La firma invitada

Jesús De Sobrino

Vivan los poderosos

MENUDA les está cayendo a los poderosos de este país, a los ricos, a los pudientes -que se decía antes-. Resulta que son la causa y los causantes de tantos males, no sólo económicos, sino también morales y éticos. Se les acabó el cuento. De momento, que purguen sus penas pagando más impuestos y después ya veremos, que la cosa no se queda ahí.

Yo no sé de qué va esto de los poderosos, créanme. Me cojo el diccionario de la RAE, copio y pego la definición de "poderoso-sa" y, literalmente no me sale nada que se pueda entender como despectivo o negativo: "Que tiene poder. Muy rico, colmado de bienes de fortuna. Grande, excelente, o magnífico en su línea. Activo, eficaz, que tiene virtud para algo. Remedio poderoso. Que tiene en su poder".

Yo me apunto a eso. Me explico: me apunto al poder a través de la excelencia en tu trabajo, tu profesión o el desarrollo de tus habilidades; me apunto a que, como resultado de lo anterior, sea además capaz de crear riqueza, para los que me rodean y también para el menda (qué narices): me apunto a ser capaz de crear algo rico y poderoso rodeándome de gente virtuosa y trabajadora.

No entiendo esta batalla dialéctica contra los poderosos de España. ¿Quiénes son los poderosos?, me pregunto. Yo conozco a algunos y lo que me transmiten son trayectorias ejemplificantes. Mi trabajo, como periodista o gestor de empresas, y entre medio durante mi dedicación activa a la política, me ha permitido conocer a un buen elenco de personas poderosas, en casi todos los ámbitos. Muchos, la mayoría, son para mí verdaderos referentes personales por su capacidad de superación, su esfuerzo, su inteligencia, su tenacidad, su liderazgo -una cualidad que no se gana a la fuerza- y otras muchas bondades. Brillantez innata.

¿Quién no conoce a ese empresario de Chiclana que empezó con una cesta, una bicicleta, y unas herramientas de carpintero, y ahora tiene centros comerciales, centenares de empleados, y trabaja por salir de esta puñetera crisis? No sin esfuerzo. ¿Poderoso? Pues, según la RAE, es muy poderoso. Olé sus cojones, que es lo primero que se me pasa por la mente. Y cómo él, sé de un puñado de poderosos.

En realidad, la inmensa mayoría de personas poderosas que conozco responden a patrones más o menos similares. Gente sencilla, pero dotada de un poder interno que han sabido encauzar hacia un objetivo: crear y atraer riqueza, empezar con una empresa pequeña y no parar de crecer.

En otros países, como el que preside un tal Obama -que está tan de moda que lo vamos a gastar-, las personas así son ejemplos a seguir. Allí un rico no es, despectivamente, un poderoso chungo y malicioso, es un miembro a imitar en la sociedad. No se le sitúa en la diana de la envidia nacional, los topicazos y la conspiración; más bien se le invita a compartir su experiencia con la comunidad que le rodea.

Desgraciadamente, en este país que nos toca vivir, también hay poderosos, una minoría, que han llegado arriba, al poder, merced a carambolas; auténticos pelagatos que han sido encumbrados por inexplicables motivos, sin currículum personal, ni trayectoria profesional, ni valía intelectual demostrable, ni pujanza atribuible. Si acaso, con un piquito de oro y pocos escrúpulos para la ambición sin fines, la especulación y el falso éxito. Eso sí, cuando han sentido el poder, se han transformado, especialmente al medirse con otros auténticos y buenos poderosos.

Me causa estupor que los poderosos sean los malos y los pobres la especie a conservar. Yo no quiero pobreza. Quiero que la sociedad de la que formo parte aspire colectivamente a la riqueza, todo lo contrario de lo que se nos transmite desde ciertos "poderes": los que tienen poco no tienen que esforzarse. Simplemente dejarse llevar por un mesías poderoso que le mantendrá en un nivel aceptable, pero de pobreza. Ahora un sueldecito, ahora una subvención, ahora una ayudita, ahora un empujón; sin esfuerzo, sin aspiración y, además, haciendo un corte de manga al que quiere crecer por sí mismo, al que quiere ser rico y poderoso de los buenos.

En España, es mejor ser pobre -o parecerlo- que ser rico. La indolencia, sumisión y alienación están en boga; sólo hay que dejarse llevar para que no te falte lo esencial en una sociedad aletargada y carente de aspiraciones colectivas. Una actitud que cala como lluvia fina entre los adolescentes y jóvenes, la ley del mínimo esfuerzo. Miedo me da que se me pegue algo, o peor a mis hijos, porque la cura contra la desidia y el virus del rencor irracional hacia los poderosos siempre es traumática.

Fuera ya tanta monserga. Lo que hay que hacer para afrontar una situación complicada como la actual es preguntar cómo lo hicieron quienes de verdad se enfrentaron a problemas: empresarios ricos, intelectuales brillantes, políticos de referencia, gestores con éxito, profesionales con reputación, poderosos en cualquier ámbito social. Eso, escuchar a los demás, no hace aún más poderosos.

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