Viajes con desconcierto

13 de octubre 2015 - 01:00

NO he hecho un viaje concertado en mi vida. Supongo que tendrá sus ventajas, que será gustoso ir despreocupado del propio viaje, del destino, del reloj, de lo que interesa ver y de lo que no, de las reservas, y de todo aquello que a la gente le permite adjetivar un viaje como placentero.

En casi todos los viajes que he hecho por España ignoraba previamente el destino. Marchábamos sin haber consultado hoteles ni restaurantes, sin echarle cuenta a las inclemencias meteorológicas, casi sin mirar la gasolina del depósito del coche. Cogíamos la carretera, nos dejábamos llevar y nos íbamos posando allí dónde encontrábamos a lo lejos una iglesia románica, el nombre legendario de una ciudad que ha perdido importancia con siglos, un castillo sin restaurar, o nuestro propio cansancio.

Ahora es más fácil que hace años enfilar una ruta determinada porque ya conocemos muchos sitios pero antes, estábamos dudando hasta el último minuto, incluso decidía el coche que sin querer se metía por un desvío cuyo destino desconocíamos ¿te ha dado tiempo a leer qué ponía? bueno da igual, decíamos despreocupados, ya nos enteraremos.

Me recuerdo feliz frente al doncel de Sigüenza, devorando un centollo en O Grove, paseando por La Alberca, junto al monumento de La Regenta en Oviedo, tomando un cruasán por la calle de una aldea comprado a un vendedor ambulante, o parando en la carretera para ver una nevada.

No crean que un viaje sin destino conocido es por fuerza anárquico, nosotros tenemos varios principios inamovibles. El primero salir muy muy temprano, el segundo buscar siempre un bienestar que nos permita disfrutar cuando menos de las mismas comodidades que en casa o, por qué no, mejores. Salir para mortificarse no tiene sentido. El tercero improvisar continuamente porque en casi todos sitios hay cosas dignas de ver. Cuarto, pocas fotos porque son un latazo y nos tenemos muy vistos y, quinto y último, quién se canse de ver un museo, exposición o lo que sea, que espere en el bar de enfrente porque en España hay un bar enfrente de todo. Nada de meter prisas ni obligar a ver lo que no se quiere ver o no interesa. Con estos principios, un teléfono, una guía y una maleta liviana, se puede ir a cualquier parte a disfrutar sin que un viaje se convierta en una obligación más.

Hoy una nube de preocupaciones me salen al encuentro cuando voy llegando y les doy las gracias por no haberme acompañado.

stats