Artículos

Relato / Ángeles / Hidalgo

J. J. Sister

Entre las Islas Canarias y Londres, los estudiantes eligieron la alternativa nacional. El viaje en barco acabó con muchos mareados

25 de abril 2015 - 01:00

LA votación tenia lugar en el Aula Magna de la facultad. Finalmente, después de meses organizando rifas, fiestas y colectas, se había conseguido suficiente dinero para que los integrantes del paso del ecuador de los futuros médicos pudieran disfrutar de una semana de viaje. Entre todas las posibilidades barajadas, había que elegir entre 2 destinos: las Islas Canarias y Londres. "Seguro que sale Londres", se dijo Victoria. ¡Quién va a querer ir a las Canarias cuando tenemos la posibilidad de viajar al extranjero! Su novio pensaba igual. ¡Así que ya se veían paseando de la mano por el mercadillo de Portobello y poniendo a prueba su inglés. ¡Tenían que ponerse ya a tramitar los pasaportes!

¡Cuánto pesa esta maleta! ¡A ver cuando se le ocurre a alguien ponerle ruedas! El taxi no podía acceder al muelle. Había que caminar con el equipaje hasta el barco o dar una propina a alguno de los mozos que pululaban por ahí. Salvador la miró con expresión de incredulidad "¡Qué cosas se te ocurren! ¡Cómo van a hacer maletas con ruedas! ¡Qué cosa tan horrorosa! ¡Ya te ayudo yo!". ¡Ya casi hemos llegado!"

El J. J. Sister esperaba en su atraque habitual. Los coches accedían a su bodega a través de una gigantesca puerta abatible en su popa. Parecían los modernos Jonás engullidos por la ballena. Alrededor de 700 pasajeros procedían al embarque. 40 de ellos ilusionados estudiantes de Medicina dispuestos a disfrutar de un merecido viaje por haber superado la mitad de los años de su dura carrera. Bueno, ilusionados, lo que se dice ilusionados, no iban todos. Victoria y Salvador subían la rampa con una expresión que más bien denotaba cierto fastidio. Y es que, no entendían como la mayoría había preferido Canarias a Londres.

Tocaba poner al mal tiempo buena cara y disfrutar en lo posible del viaje. Por otra parte, era la primera vez que viajaban en un barco de verdad, de esos que te llevan a tierras que el ojo no alcanza a ver. Y es que, a ir al Puerto en el Vaporcito, no se le podía llamar viajar. Lo primero era encontrar el camarote y dejar el equipaje. Se trataba de un camarote interior, sin ni siquiera un triste ojo de buey. A ambos lados, dos literas. Compartirían con otra pareja, sus mejores amigos. No tenían baño propio, había que salir al pasillo. Desde luego, no se trataba de un camarote de lujo, pero no les importó porque apenas iban a pasar tiempo en él. Tan sólo para dormir.

El momento de la partida fue emocionante. La estruendosa bocina anunció que el J.J. Sister se disponía a zarpar. Poco a poco, se fue alejando del atraque. Los pasajeros contemplaban la maniobra asomados desde los distintos puentes. En el muelle agitaban las manos los que venían a despedir a sus familiares. A bordo, se repetían los mismos gestos. Así, hasta que ya no era posible distinguir los rostros y se iban confundiendo los edificios con las personas confluyendo en un solo punto, lejano en el horizonte, que acabó por devorarlo. Se encontraban en medio del océano. A su alrededor, por doquier, el mar.

Los cuatro amigos recorrieron el barco de punta a punta, maravillados de que en tan poco espacio fuera posible crear ambientes tan variados. Los pasajeros habituales habían tomado asiento en los salones y ya habían sacado las cartas y pedido algunas bebidas a los camareros. Los novatos como ellos exploraron cada rincón y se familiarizaron con el buque hasta que, una vez reconocido el terreno, optaron por sentarse en el puente, donde soplaba una suave brisa. Harían tiempo allí hasta que abriera el restaurante. Salvador estaba satisfecho y relajado. Tenía que reconocer que había temido la posibilidad de marearse pero la Biodramina parecía estar haciendo efecto. Ya se relamía al pensar en el buffet.

Disfrutaron de la cena en el restaurante y luego se fueron a la discoteca situada en el puente mas alto del barco. Parecía que, al final, ¡no iba a estar tan mal ir a Canarias! Exhaustos, se retiraron a descansar, ya bien entrada la madrugada.

Victoria se despertó en mitad de la noche. La puerta del camarote estaba abierta. ¿Qué era esa sensación tan extraña? Algo había cambiado y no sabía decir, exactamente, de qué se trataba. Miró a la litera de enfrente. Estaban fritos, seguramente por los gin tonics que se habían bebido. Se levantó y entonces supo el porqué de su desazón: el barco se movía, y mucho. Eso era lo que había cambiado. Salvador no estaba en su cama. Seguramente habría ido al baño.

Varios pasajeros esperaban en la puerta de los aseos. Tenían muy mal aspecto. Alguno no había podido aguantar mas y había vomitado en el mismo pasillo. Salvador salió del baño y la vio. "¡Ay¡ ¡qué mal me encuentro! ¡Lo he echado todo! ¡No me queda nada dentro! ¡Tengo que tomarme una Biodramina enseguida!". Su rostro desmadejado, lívido, no era el único en ese pasillo. Victoria se lo llevó al camarote y le ayudó a acostarse.

La mar picada les acompañó hasta Santa Cruz de Tenerife. Las chicas resistieron mejor el embate de las olas mientras que ellos parecían agonizar tumbados en sus camas o en alguna de las hamacas del puente con la esperanza de que el aire fresco se apiadara de ellos. Salvador fue el que lo pasó peor. Sin ningún alimento en el estómago, el mar se empeñaba en extraer de él cualquier jugo, como si de una naranja se tratara.

Los miembros de la tripulación, duchos en la materia, recomendaban, en caso de mar picada, no ingerir líquidos y limitarse a tomar alimentos sólidos. Las chicas siguieron este consejo y les fue bien. Volvieron a ir a la discoteca esa noche y bailaron sin parar al ritmo de la música y…. de las olas, Pero estaba claro que a Salvador y a otros miembros del grupo no les iba a dar nunca por comprarse un yate por muy bien que les fuera en la vida.

Después de casi dos días completos de navegación, el Teide, aunque rodeado de brumas, se adivinaba en el horizonte. Fue extraño encontrarse de nuevo en tierra firme. En los primeros instantes, parecía como que la tierra también se balanceaba bajo sus pies. Los pasajeros que habían sido víctima del mareo lloraban de alegría.

La semana transcurrió según lo previsto: excursiones al Puerto de Santa Cruz, a la Laguna, al valle de la Orotava y al Teide. Lo pasaron bien, aunque seguían pensando que hubiera sido preferible ese viaje a Londres. A medida que se acercaba la fecha de partida, el temor se fue apoderando de una parte del grupo. Cruzar el Atlántico de vuelta a Cádiz, les parecía la mayor de las torturas. Si hubieran tenido que confesar algún crimen, lo habrían hecho sin reparos antes de tener que enfrentarse a la ira de Neptuno. Algunos decidieron gastarse una fortuna en volar a la península. Salvador y Victoria no estaban entre ellos. Tomaron las últimas fotos antes de embarcar. El J.J. Sister volvía a engullir vehículos y personas dispuesto a retomar su rutina. Cambiaban los pasajeros pero se repetían las mismas frases, se dibujaban idénticos gestos, eran similares las historias que dejaban atrás.

Salvador y Victoria llegaron a su camarote. Ante la extrañeza de Victoria, Salvador se metió en su cama inmediatamente. A su lado, varias bolsas de plástico y una caja de Biodraminas. "Espero que disfrutes del viaje. Te veo en Cádiz". Le dijo dibujando una media sonrisa, como la que un reo de muerte dirige a sus seres amado en su última hora.

stats