Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Sentimiento amarillo

LO del Cádiz C.F. está siendo tan sufrido que incluso yo, que sé de fútbol lo justo (o nada), me siento impelido a dedicarle una columna. Escribir algo crítico y pedante sería lo más natural (en mi caso), porque aquí está una ciudad con sus problemas económicos, su inestabilidad política, su desestructuración social volcada sobre un equipo de fútbol, que a ver si logra ascender a Segunda. A poco cínico que se sea, resulta mucho ruido para poca división. No será mi caso (esta vez). Cualquier ascenso es meritorio, y más el esfuerzo por lograrlo. No puedo tener nada contra ninguna superación ni contra la Segunda, siendo profesor de Secundaria. Ánimo.

Tenemos mucho que aprender, además. Hasta lecciones de patriotismo puede recibir uno. Se escucha renegar de España a las primeras de cambio. Ahora hay quien afirma que, porque un 20%, chispa más o menos, votó a Podemos, este país no tiene arreglo y que se quiere marchar. No es para tanto ni aunque no tuviese arreglo. Para ser español se requiere bastante tozudez. Y ahí está la afición cadista, que tendría motivos para renegar de sus colores, dispuesta a darlo todo de nuevo contra el Hércules. La decepción por el Oviedo habrá sido muy dolorosa, pero no ha desinflado una pasión, sino que la ha hecho más interior y auténtica, más contrastada. Los romanos no amaron a Roma porque fuese grande, sino que fue grande porque la amaron, explicaba Chesterton. Lo primero es el amor y la entrega. Luego vienen, si vienen, mientras vienen, los resultados.

Yo, la lección me la traigo a España porque tengo mi corazoncito y me duele ver a tantos descorazonados sin más ni más. Es de niño chico cambiar de equipo para ir con el que gana. La madurez no es estar sólo a las maduras, sino también a las más duras. Tendría que escribirse "masdurez". Lo que me trae a la memoria el matrimonio. Abundan los que conciben cambiar de cónyuge, pero no cambiar de equipo, aunque éste haya descendido, vuelto a descender y no termine de dar una alegría.

Qué cosa que seamos mucho más fieles a un club de fútbol que a nuestra promesa ante el altar. El otro día vi la foto de una grada del Carranza donde campaba este lema glorioso: "Ni la muerte nos va a separar". Recordé las críticas que recibió un artículo mío en el que protestaba de que el matrimonio católico acabe con la muerte. Es lo que digo: cuántas lecciones hondas tiene que darnos el submarino amarillo.

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