LA ESQUINA DEL GORDO

Francisco / Carrillo

Rubalcaba, Chacón y otros chicos del montón

CREO que se debe al periodista Martín Prieto la acuñación del término "cucañismo". ¡Qué alegría comprobar que aún existen forjadores de nuestro idioma! ¡Cucañismo! Ocupación del que practica la cucaña. Juego que consiste en alcanzar un premio mediante el procedimiento de marinear o trepar por un artefacto embadurnado en alguna sustancia resbaladiza, por ejemplo, sebo. Ya puestos habrá que aclarar que generalmente se utiliza un palo, bien en posición vertical si se practica en tierra, u horizontal, si en la mar se juega. En la primera modalidad se colocaba un jamón en lo alto, en la segunda un banderín porque los jamones, con agua salada desmerecen mucho. La última vez que vi semejante espectáculo fue en el antiguo Muelle de Gallineras, ¡échele años! Aunque a pesar de los siglos de práctica, en un país como el nuestro siempre fue un recurso para los pobres habilidosos; pobres con agallas que, como los pícaros, echaron raíces, ¡qué me va usted a contar con el panorama que tenemos delante!

Las chavalas de antes, que no buscaban sexo coyuntural, sino marido o futuro para toda la vida -marido y futuro siempre fueron para ellas términos sinónimos-, al instante después de las presentaciones solían preguntar: "¿Estudias o trabajas?". Si se contestaba lo primero se habría un mundo de posibilidades para ellas; si lo segundo, dependía todo de la ocupación. ¡Qué descanso si hoy se practicara lo mismo! ¿Se da cuenta de la tranquilidad que le entraría a la chavala en cuestión si se le contestara: cucañista?

Un servidor, de ser Rajoy, proclamaba el cucañismo como deporte nacional. Claro que no lo limitaría a competiciones esporádicas, sino al currículo de cada uno de los pretendieran entrar en la casta, a sabiendas de que ya no usaría sebo, sino lenguas de afines. Llegado a estos casos no se sabe si será preferible que todo siga en la misma impunidad, ¡total…! No vayan a aprovechar la circunstancia para enchufar más funcionarios. Además se corre el riesgo de profesionalizar la política, ¡vade retro! La política, por contradicción, debe estar en manos de aficionados. Si usted se construye una casa necesita de un arquitecto; si tiene un dolorcito en semejante sitio, va a un doctor en medicina; si la cosa va con el respiradero, al neumólogo; mire, no le vale un pediatra, ¡qué cosas! Pero si le tienen que administrar los impuestos, si hay que diseñar el modelo de Estado, si hay que intervenir en "misiones de paz", antes llamados conflictos bélicos o simplemente guerras, para eso hay que confiar en los aficionados.

Naturalmente, éstos, los aficionados, han de rodearse con multitud de asesores -pagados, claro; muy bien pagados- que, llegados al caso, no son responsables de nada; es más, ni siquiera el aficionado que comanda la acción que sea menester. Si la cosa no sale bien se le echa la culpa al anterior en el cargo, o al antepasado del general Pavía, aquel que pasó a la Historia por culpa de un caballo que jamás montó.

Ya ve, tengo la curiosidad de ver en qué queda todo esto. Usted, con razón, me dirá que no lo verán ni nuestros tataranietos; que esto es como el bolero de Ravel, musicalmente hablando, o como esas sevillanas que repiten cien veces la misma letra. O sea: pan con pan, o esto son lentejas. ¡Si por lo menos pudiéramos hacer algo los que no tenemos nada que perder…! Es un decir, claro, porque perder perderemos siempre, y ganar… Bueno, habría que fundirnos en otras forjas y eso sí que sería revolucionario.

Mientras tanto, ahí tiene: Rubalcaba, Chacón y otros chicos del montón, que lo mismo será que se diga Aguirre, Gallardón y ropopopón, pon. pon. Mientras tanto la vida pasa y con ella el tiempo que se encarga de dulcificar los recuerdos hasta convertir a Alfonso Guerra en filósofo infalible. ¡Le digo a usted, guardia…!

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