Principados

Sin ser cardenal, el obispo de Jerez ha sido un auténtico príncipe de la Iglesia para sus feligreses

Cuando era mucho más joven, dos señores que luego han devenidos amigos, me invitaron a comer a la magnífica casa de uno de ellos para hablar de religión. Estábamos aún en el aperitivo y ya me preguntaron a bocajarro con vívido interés cómo pensaba que sería la eternidad y qué podía contarles del paraíso. Tartamudeé lo mío, quiero decir, más de lo habitual; y cité a Dante, que es mi corresponsal ultraterreno.

No debí de resultar muy convincente porque enseguida cambiamos de tema a asuntos más de tejas para abajo. Glosaron la figura del entonces obispo de Jerez, que era don Juan del Río, y subrayaron con gran entusiasmo su prestancia y categoría y es que, como obispo, era "un auténtico príncipe de la Iglesia". En realidad, eso se dice de los cardenales, pero se entendía. Yo, además, liberado de la tensión de tener que explicar el más allá, encontré muy divertida tal ponderación principesca.

Estas semanas de confinamiento he recordado muchísimo, sin embargo, aquella conversación. El actual obispo de Jerez decidió con una enorme valentía que las iglesias no cerrasen y que, aunque todos estábamos dispensados, se siguiesen celebrando las misas con público. Fue un acto principesco.

Porque la autoridad, como han dicho Hobbes y Ortega, entre tantos, nace de la protección que uno es capaz de brindar. El adagio Protego, ergo obligo es, como dijo Schmitt, el cogito ergo sum del poder. Nuestro obispo no ha dejado a sus feligreses desamparados sin santa misa ni comunión. Como una sola misa tiene un valor inconmensurable y yo he podido comulgar muchos días gracias a él, mi deuda es literalmente infinita por una simple regla de tres.

Para entender esto hace falta quizá tener fe eucarística, y puede que algunos lectores me hayan acompañado hasta aquí sin compartir mi argumento teológico. Hay otro fundamento de su condición de príncipe que entenderán perfectamente. El obispo de Jerez, al mantenerse firme en la defensa de sus fieles, apareció como un poder autónomo, cuando apenas los hubo, frente al poder político y, también, frente a la opinión pública. Esa parcela última de independencia soberana es lo que fundamenta -no hace falta ser un güelfo blanco para entenderlo- la condición de príncipe, incluso de príncipe de tu casa o de dueño de uno mismo.

Don José Mazuelos ahora cambia de sede y se va a Canarias. Se lleva mi agradecimiento eterno. Las islas serán aún más afortunadas.

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