el palillero

José Joaquín León

Parodi

04 de diciembre 2011 - 01:00

José María Parodi Artal era uno de los últimos supervivientes de ese tiempo perdido que nunca encontró a un Proust con una magdalena en La Camelia o Viena. Yo lo veía como un hombre muy pemaniano, por senequista y por muchas más cosas, de sentencias concluyentes, dentro de la amabilidad y la exquisita caballerosidad que siempre lo definieron. Dentro también de la fe religiosa que siempre mantuvo, y que le llevaba en sus peregrinaciones íntimas de San Pablo a San Antonio y San Lorenzo (del Ecce Homo al Santísimo y a su Virgen de los Dolores), y también a otros templos, donde tantas veces lo encontramos orando en silencio. Pues fue también persona de silencios más que de alzar la voz, sólo para decir lo justo y necesario.

Durante muchos años lo veía como el padre de mi amigo José Mari. Lo veía como un hombre formal, que sorprendentemente no se oponía, al igual que su esposa Ana, a que organizáramos en su casa de la calle José del Toro con balcón a Novena todo tipo de guateques con las alumnas de las Carmelitas. De ahí le salió su nuera Tere, señal de que aquellos guateques sirvieron para algo. Era una ventaja tener los discos de los Beatles, Simon&Garfunkel, los Bee Gees y demás que comprábamos en los propios establecimientos de Parodi en la calle Novena, José del Toro y San Francisco. Cada establecimiento tenía a un hermano como responsable y José María Parodi Artal coordinaba el negocio familiar.

Era una familia que había venido de Italia, en un Cádiz que amaba la música, cuando las señoras tocaban el piano en las melancólicas tardes de otoño, cuando la luz de una vela nos iluminaba en los apagones de las tormentas. Era un Cádiz de comercios familiares, de familias que vinieron de otros países y de otras ciudades, que primero comerciaron con el mar y después con los gaditanos, hasta que todo se fue perdiendo, para dejar una ciudad uniforme, como tantas otras.

En las letras de aquellas tiendas de música de Parodi se quedó el espíritu de personas como José María, que representaban a un Cádiz definitivamente imposible.

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