Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
ES intolerable que porque alguien exprese una opinión se vea correspondido con un acto de violencia física. La palabra, aunque se trate de un insulto, no justifica la respuesta física por el que la oye o quien lo recibe. Esto no es una conquista de la democracia, porque ya en los Evangelios se lee que Jesucristo dijo que la violencia no debe ser respondida con otra, con lo que, del anterior ojo por ojo y diente por diente con el cristianismo se pasa (o debe pasarse) a poner la otra mejilla. Si la violencia no debe provocar violencia, menos aún la palabra, o la opinión, que, al ser manifestaciones del espíritu, no puede tener otras respuestas que una manifestación igual, o si acaso, el silencio.
Ha ocurrido en Cádiz, que el periodista Fernando de Santiago, que es, además, presidente de la Asociación de la Prensa, ha sido agredido físicamente por un ex trabajador de Delphi, disconforme con los juicios de valor que, con reiteración, venía haciendo aquel del colectivo, en sus crónicas semanales de Diario de Cádiz, acusándolos de privilegiados cuando cerró la factoría, por haber recibido trato de favor respecto de otros parados y, de absentistas en su trabajo cuando estaban en activo. El suceso merece y ha merecido la repulsa unánime de los que han escrito de él, a la que yo me sumo, de todo corazón, no ya porque algún día podría encontrarme en situación similar, sino por convicción. Al mismo tiempo de este suceso, en estos días se celebra un juicio contra unas personas que intentaron agredir a la alcaldesa de Cádiz y a una concejala, culpándolas de la muerte de sus perros, en una perrera a cargo de la Mancomunidad de municipios de la bahía. Esta agresión, de la que, en su día, se publicaron abundantes testimonios gráficos, curiosamente, no ha merecido, ni tanta ni tan unánime condena como la del periodista. Más bien se especula con que si la alcaldesa, en el juicio, reconoció o no a su agresor. Parece que, de un lado, el corporativismo y, de otro, la política, llevan a enjuiciar de modo distinto sucesos iguales de violencia.
Los que tenemos la suerte de escribir en los periódicos y no sólo de forma ocasional, sino con una columna fija, disfrutamos de un privilegio, porque nuestras ideas las podemos comunicar con periodicidad a los lectores, que no siempre tienen el recurso de dejarnos de leer. Por ello, debemos poner exquisito cuidado en no faltar al respeto a las personas; en no reiterar machaconamente juicios adversos, máxime si van referidos a individuos concretos, a los que se llega a ridiculizar. La libertad de opinión, reflejada en un periódico, debe tratarse con el mismo cuidado que a nuestra propia estima.
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