Josela Maturana / Concejala, Escritora, Profesora Del Centro De Educación De Adultos María Zambrano

Mujeres: entre la luz y la velada resistencia

Hace pocos días leí un artículo donde se analizaba la radicalización del feminismo. El autor reflexionaba sobre el peligro que suponía que este movimiento, que en su origen contenía las premisas de la igualdad, al radicalizarse, cayera en su propia trampa, abrazando actitudes y acciones que antes habían sido reprochables en el género masculino. El feminismo originario fue tan necesario para las mujeres como la respiración que nos sustenta y mantiene vivos. Este movimiento, insustituible e irremplazable, abogó porque los derechos fundamentales de justicia, libertad, y equidad del ser humano, no fuesen patrimonio de ningún género, sino una conquista incuestionable de la persona, sin distinción alguna de sexo. Difícilmente el largo y arduo camino que todos hemos recorrido para alcanzar esas libertades, hubiera podido realizarse sin la presencia de la reivindicación femenina, sin el logro que para esa travesía angosta y desigual supuso el sufragismo y el derecho al voto femenino.

La aportación que el feminismo ha hecho a las sociedades libres y democráticas es incalculable, y tanto en su sentido embrionario como en su dilatada proyección, la lucha por los derechos negados a la mujer durante siglos, ha colaborado de modo decisivo a que la aspiración de esa libertad no fuese amputada por la exclusión de género, sino que su inclusión completase teórica y prácticamente el sentido completo y pleno de esa libertad. La radicalización de cualquier movimiento, puede ser el síntoma evidente de un temor. Las mujeres que han visto la luz, después de estar confinadas en la oscuridad, no están dispuestas a dar un paso atrás, a ceder un ápice, a regresar a los sótanos y a las estancias de la penumbra, donde la existencia siempre se debate y sumerge en la invisibilidad y el anonimato. La revolución del hecho femenino ha sido tan crucial, que nada ni nadie debe ni puede cuestionar este estado que afecta a la conciencia y a la sociología del mundo desarrollado. Supongo que esas valerosas y comprometidas sufragistas, tantas y tantas mujeres nobles y luchadoras que apostaron por la igualdad, no verían tal vez con buenos ojos que el mantenimiento de estos derechos conllevara la adopción de posturas extremas, y que las mujeres actuales ejerciéramos la potestad de esos derechos con las mismas armas que hemos rechazado en los hombres; que nuestra codiciada libertad se convirtiera en una nueva arma de doble filo que libera y al mismo tiempo subyuga y oprime por su radicalidad. Pero esto no significa bajar la guardia .Es notorio que las mujeres que tenemos la suerte de vivir en el mundo occidental, disfrutamos de los beneficios que nos otorgan las sociedades democráticas. Pero también es cierto, que en ese mundo las desigualdades en muchos ámbitos y facetas aún son patentes. Es una desgraciada realidad la violencia ejercida sobre la mujer, y es palmario que todavía existen grandes diferencias en la obtención de unas mismas oportunidades en el campo laboral o doméstico. El ejercicio del aprendizaje colaborativo, la educación como principio y base esencial que nos forma en la deseada y justa igualdad, deben ser prioridades en nuestra escala íntima y colectiva de valores humanos y sociales. Buena parte de las mujeres de este mundo hemos visto la luz, a veces pagando un alto precio, porque en la difícil conciliación siempre hay un coste personal que incluso afecta a nuestra salud y equilibrio. Pero seguimos apostando por esa libertad y luminosa autonomía, porque queremos ser lo que deseamos ser, sin recortes ni opacos destierros. Sin embargo, el mapa vital de las mujeres es hoy en día inmensamente desigual. Dibujar el planeta exige colorear aquellos lugares vibrantes, cálidos o gélidos donde las mujeres siguen existiendo entre la metáfora de un afilado acantilado y un abismo irresoluble. Aún no han llegado hasta ellas los anchos caminos de la libertad. Una resistencia ancestral, cultural, económica o ideológica, sigue raptando a las mujeres en un laberinto velado. Por eso es imprescindible que la antorcha siga encendida, y que sin radicalizar posturas indeseadas, continuemos alertas, trabajando, desde la luz alcanzada, con esperanza, compromiso y decisión, por todas esas mujeres que aún esperan un justo, digno y merecido resplandor.

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