Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
MARCO Pantani da para una buena novela negra. El penúltimo ganador italiano del Tour apareció, como se sabe, muerto en un hotel de Rimini en el año 2004. Su cuerpo contenía una prodigiosa sobredosis de cocaína pura. Cualquier experto en drogas sabe -y se sabía entonces- que tal cantidad sólo podía estar allí si antes se había diluido en agua e ingerido bebida. Por tanto, suicidio. Gran final para un gran campeón, maneras de leyenda al estilo de Ocaña o el Chava Jiménez, cuyas tortuosas vidas casaban con sus estilos desesperados de trepar el Tourmalet o Alpe D'Huez. Pantani regresa para señalar a los que pudieran ser sus asesinos en forma de informe fiscal. Pantani tenía malas compañías y, entre todas ellas, Fabio Carlini, su 'camello' desde que en 1999 su eliminación del Giro por un hematocrito demasiado alto le colgó el cartel de tramposo, pese a que en toda su carrera jamás dio positivo por dopaje. El Pirata decidió dejar de ser un tramposo para transformarse en un juguete roto. Con Christina, su novia danesa, consumía "cantidades industriales" de cocaína. Era lo que sustituía a lo que hasta entonces habían sido extrañas sustancias que guardaba en el refrigerador y que, según reveló la Operación Puerto, podía tener entre sus suministradores a Eufemiano Fuentes. Pantani será siempre el emblema de los años que mataron el ciclismo, cuando los vampiros aparecían cada noche en los hoteles del Tour para pinchar a los deportistas por sorpresa. Es cierto, el Tour, como todo espectáculo, era una gran mentira. Lo era desde hacía mucho. Las sospechas sobre Delgado, la increíble resistencia de Indurain... Pero en toda esa mentira, con trampas o no en la sangre, Pantani era un rebelde real, un salvaje sobre los pedales. Sus ataques a pie de puerto eran de una plasticidad propia de un ballet. Quizá lo mataron, quizá se mató, quizá fue víctima del amor a su profesión, es decir, su amor al espectáculo. Hasta el fin.
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