Juan Coronel

Ese Ubrique ejemplar que emergía de sus heridas fue el pueblo de ese docente y gestor único que fue Juan Coronel

Debe haber muchos, España está llena de gentes como Juan Coronel, héroes anónimos que dedican su vida a la noble causa de enseñar, de construir, de edificar, de hacer la vida de los demás más llevadera, incluso feliz. Pero, con propiedad, sólo puedo hablar de Juan Coronel, ubriqueño hasta las trancas, director de un instituto de la maravillosa localidad serrana llamado Nuestra Señora de los Remedios, que es el nombre de la Patrona del pueblo, insisto una vez más, maravilloso de la Sierra gaditana. He sabido que Juan Coronel ha muerto. Ni sé de qué ni me importa porque la noticia de este fallecimiento me ha traído al recuerdo todo lo que vine sabiendo de este profesor de francés del instituto de Ubrique, que fue elegido director y encontró un camino hacia la grandeza, el desprendimiento y la excelencia. Cuando supe que a principios del siglo XX un grupo de ubriqueños ilustrados crearon el Día del Árbol y hoy la entrada a la blanca localidad de la Sierra gaditana es un camino lleno de grandes árboles que ponen sombra a la canícula y abrigo a los vientos, y belleza siempre al blancor del caserío que sube hasta la ermita del Calvario, comprendí mejor a personas como Juan Coronel, o a los emprendedores ubriqueños que hicieron del trabajo con la piel más que un modo de vida, o los viajantes de Ubrique, que llevaron por toda España una industria que era un pueblo entero trabajando duramente para tener un futuro para sus hijos en tiempos de poco futuro. Ese Ubrique ejemplar que emergía de sus heridas fue el pueblo de este docente y gestor que ha demostrado que ser un patriota de su pueblo es ser un gran andaluz, un gran español. Sintiendo, machadianamente, que la patria no es la tierra que se pisa, que es la tierra que se labra. Ubrique era un instituto que tenía que ser el mejor equipado, el mejor dotado -de personal y materiales-, el más puntero de todos. De Andalucía, sobre todo. ¿Cómo lo consiguió? Del único modo posible: desviviéndose por su centro, implicando a los profesores, a los padres, a los alumnos y al pueblo entero. Y siendo infatigable. Como otro viajante más, nunca le dolieron prendas para coger el coche y llegarse a la Plaza Mina para hablar con inspectores, gestores, delegado de Educación. Por un cupo, un contenido nuevo a impartir, una inversión, otra. Y quien dice Cádiz dice Sevilla, la Consejería. Siempre con muchos argumentos y mucha humildad. La filosofía del viajante ubriqueño con su maleta llena de muestras de las maravillas que allí se hacían a mano. Ha muerto un inolvidable. D.E.P.

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