Integrismo ateo

15 de marzo 2011 - 01:00

ME preguntaba ayer, a propósito del texto Pintura para ateos: Los bodegones de Chardin, incluido en el catálogo que El Prado ha dedicado a la magnífica exposición sobre el pintor francés, qué era eso de los cuadros para ateos. Responde el autor del texto: "En ellos se conserva el esplendor de la materia, tan superior evidentemente al esplendor de Dios". Curiosa evidencia. Y poco rigurosa. "La pintura de Chardin -continúa- vendría a ser así un argumento en contra de la existencia de Dios; la gozosa demostración de que no le necesitamos; pintura para ateos, que es como decir pintura para seres humanos que se sienten orgullosamente satisfechos de su presencia física en este mundo". Curioso también. No sé de dónde habrá sacado la evidencia de que el esplendor de la materia es superior al de Dios; ni cómo un cuadro puede convertirse en argumento contra su existencia. Tampoco entiendo que a partir de los bodegones de Chardin se pueda demostrar que "no necesitamos" a Dios. ¿Este plural abarca a un grupo -entonces debería decirse "algunos no necesitamos"- o nos incluye a todos como afirmación irrebatible? ¿Tan unívocos son los cuadros de Chardin como argumento y evidencia de la no existencia de Dios que sólo contemplándolos es posible afirmar que "no le necesitamos"?

Esta conversión de la interpretación subjetiva en argumento objetivo y evidencia que debe ser admitida como irrefutable es una de las manifestaciones del nacional-ateísmo del que ayer escribía. Otra manifestación, más salvaje, sería el reciente asalto a la capilla de la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, calificado por sus autores como "performance simbólica no violenta".

Recuerda demasiado este asunto a los tiempos nacionalcatólicos de los cine-club jesuiticos (que, por otro lado, tanto bien hicieron) en los que Dios estaba tan presente en todo -por narices- como negado está -también por narices- en este catálogo. Si en una película no aparecía por parte alguna, el exégeta cinéfilo aseveraba con gravedad: "el silencio de Dios". Y si ni tan siquiera ese silencio era perceptible, se cogía por los pelos la desesperación existencialista de los personajes para aseverar con idéntica gravedad: "la desesperación que nace de la ausencia de Dios". A este gremio debía pertenecer el periodista que, en la presentación del Satiricón, preguntó a Fellini si el tono sombrío de la película se debía a que representaba un mundo al que Cristo no había llevado su luz. "No -dijo Fellini-, es que no había luz eléctrica". Lo del catálogo es lo mismo al revés: del nacionalcatolicismo al nacional-ateísmo.

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