Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
HARÁ como cosa de 10 años fui invitado por la Universidad de Granada a dar una conferencia. Era un ciclo sobre temas andaluces. Los actos se celebraron en la Corrala de Santiago, un edificio del siglo XVI, propiedad de la Universidad, en el barrio de El Realejo, de donde, por cierto soy 'vecino honorario', con insignia y pergamino.
Mi conferencia versó sobre 'Toros, cante y pollos de pelea'. El salón estaba completamente lleno. En la primera fila había un señor, de cierta edad, cuya cara me era familiar. No he tenido más atención en una charla mía que la de aquel señor, que, al final, en un coloquio que se entabló, me preguntó todo lo preguntable sobre el tema tratado.
Tan recordable me resultaba aquel señor que, luego lo supe, cuando me lo presentaron, que era hermano de don Alfonso de Cossio y del Corral, catedrático de Derecho Civil de Sevilla. Tenía todo el aire de familia. Como que aquel señor atentísimo era don Francisco de Cossío y del Corral, abogado, que había sido técnico del Ministerio de Información y Turismo y seguidor, en unos cuatro tomos más, de la enciclopédica obra 'Los Toros' de su tío Don José María de Cossío. Don Francisco de Cossío había sido, en su juventud de Valladolid, donde nació en 1916, representante artístico del bailaor Vicente Escudero. Era don Francisco persona muy alegre, dicharachera, culta, como todos los Cossío, educado y de un trato exquisito. Su vida, cuando lo conocí, discurría entre Baza (Granada), donde era propietario de una casa-palacio mudéjar magnífica, y Murcia, donde también tenía otra casa.
Pues, en Murcia, precisamente el jueves pasado, le ha cogido la muerte. Su sobrino Ignacio de Cossío, hijo de Manolo de Cossío y nieto de don Alfonso, es el continuador de la obra 'Los Toros'.
Con don Alfonso tuvo amistad mi padre, con Manolo y con su nieto Ignacio la tengo yo. Pero con don Francisco de Cossío tenía yo, además de amistad desde aquella fecha, un especial agradecimiento. No he tenido en mi vida asistente más atento a una conferencia mía que él y, sobre todo, más ávido por saber, dentro de lo que yo lo podía ilustrar, que él, porque me asaeteó de preguntas atinadas y muy bien hechas. Don Francisco, amigo, que la tierra te sea leve.
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