Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
Dispuesta a ilustrarme enchufo el programa "59 segundos" para reflexionar sobre los 30 años de nuestra Carta Magna. Los invitados, tótemes democráticos en día de fiesta (Manuel Fraga Iribarne, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, Santiago Carrillo e Iñaki Anasagasti), hacen gala de una gran rigidez. La presentadora es la Nancy Ana Pastor: "señores, señores, no se desvíen que aún hay que tratar pico mil temas". O sea, que no se puede tratar ninguno. En vista de que la idea no es enseñar, me dispongo a aprehender. Fraga y Carrillo, encogidos en jerseys de punto oscuro, parecen sustraídos a una mesa camilla con brasero. Rodríguez Ibarra se esmera en transmitir una seguridad desinhibida, tirando a espatarrada. Anasagasti, con rodillas inquietas de escolar (la silla es baja), se ha traído la camisa roja de cuadros y la corbata escocesa de Herriko Santa Klaus (todo se grabó antes del asesinato de Uría). El tema es psicótico-lacaniano (una ausencia presente o viceversa): la reforma de la constitución. Hay una euroantipatía en el aire. Fraga, con aspecto de cadáver mal embalsamado, es el único en discrepar abiertamente: tiene una gran visión de pasado y todo es "yo, yo, yo". A su lado (sintomática disposición), Rodríguez Ibarra se sale por la tangente: que lo que importa es el futuro, los derechos de los hispanointernautas en la web (no sé si es un chiste; su voz se parece tanto a la de Antonio Burgos). Carrillo no estaba disecado: asoma su cabeza de tortuga clarividente y con astucia de quelonio apoya un federalismo hoy juancarlista. Se nota que a Anasagasti, con cara de estreñimiento constitucional (ellos se abstuvieron hace 30 años), le ha tocado aquí bailar con la más fea. Pero, euskohisteria o euroavaricia aparte, es un señor sensato, casi francés (ojo al futuro de la monarquía, Sofía: neutral, neutral, neutral). Al día siguiente Zapatero me tranquiliza mirándome con tierna intensidad admonitoria: la reforma constitucional no es prioritaria porque no hay consenso. Mi amigo Luis Charlo, que sabe latín, traduce: "Accipe, corculum meum, et tace": "Toma, corazón mío, y calla". Y yo naufrago en la mirada azul de nuestro presidente, hipnótica como las uvas.
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