Discursos como el de Pablo Casado logran que uno se reconcilie con la política. Hasta que no abrió los ojos, ciertamente este hombre daba pena. Más que el líder de la oposición, parecía un títere manejado por los dinosaurios del partido, desde el revanchismo interno. Pero por una vez, resultó tan natural e imprevisible, que sorprendió hasta a los suyos. La pregunta es por qué ha tardado tanto en aceptar que sin el centro jamás gobernará y en descubrir, al tiempo, al adversario que le está birlando la cartera en sus narices. Tras prescindir del látigo de Cayetana Álvarez de Toledo, tan fustigadora e intelectual como incapaz para la política, a Casado le faltaba ejercer su liderazgo sin tutelas y lejos del griterío habitual. Y lo curioso es que ofreció su mejor versión cuando le daban por muerto. Conste que Abascal le organizó una encerrona con la moción, pero él la aprovechó al máximo para retratar al líder de la derecha más radical como el mejor socio de Sánchez. Y no sólo porque el presidente parezca un gran estadista al lado del Abascal más populista. Las cuentas no engañan, y mientras que Vox sume más de 25-30 escaños (hoy tiene 52), el PSOE ostentará el poder sin apuros, de ahí que la propia izquierda abone la crispación y saque a pasear la memoria sobre batallas que ya creíamos superadas.

Por fin convencido de que es imposible chillar más alto que los voxeros cada vez que suena el himno nacional, Casado se la jugó a la carta de la moderación y triunfó. ¿Alguien imagina ahora al PP ofreciendo cuatro acuerdos de Estado al PSOE -justicia, educación, sanidad y economía, por ejemplo- para neutralizar a los radicales de todos los colores y tratar de superar la pandemia desde un clima de entendimiento en lo esencial? Parece imposible, ¿verdad? Pues en estas últimas horas, PP y PSOE se han visto las caras para negociar el Presupuesto andaluz al más alto nivel y no se ha producido ningún terremoto. Lo más seguro es que la negociación no cuaje. Pero por lo pronto, en el Congreso, al rebajar el tono y centrarse, Casado ha obligado a Pedro Sánchez a recular con su maniobra para renovar al Poder Judicial.

Y lo ha logrado siendo fiel a sí mismo y desde la cordura. Estuvo tan punzante e inspirado, en estos tiempos de discursos precocinados, que incluso se atrevió en la réplica sin leer un papel, para salir reforzado con su 'no' a esa política tan alejada de la sociedad y 'no' a una España tan cainita. La única duda, ahora, reside en adivinar si gustó tanto entre los suyos -algunos tendrán que resetearse porque aún no le bajan las pulsaciones- como entre sus adversarios, a decir del propio Iglesias, que piropeó su intervención. De entrada, el vicepresidente andaluz, Juan Marín, no ocultó su preocupación. Y muchos militantes del PP no asimilan sus golpes a la mandíbula (con alusiones personales) contra el altenero e imprescindible Abascal: "Yo sabía, Pablo, que no eres un ultra", le soltó Iglesias, descolocado y sin saber qué decir. Pero entonces, Casado, que sólo el tiempo dirá si se cree lo que dijo, flotaba sobre el hemiciclo, feliz y liberado. Como en la Fórmula 1, ya sabe que jamás logrará nada serio si antes no logra machacar a los rivales que tiene a su lado, aunque sean del mismo equipo.

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