Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Los recuerdos son a veces imprevisibles y por momentos, aparecen y desaparecen imágenes vividas, recordadas y siempre un poco inventadas. Mientras felicitaban a una Carmen me acordé de la Cucaña. Carmen y Cucaña son palabras extrañas entre sí. No es fácil, aparentemente, relacionarlas. A no ser que… pongamos entre una y otra Sancti Petri.
El día de la Virgen del Carmen es un día señalado para los marineros. En el muelle de piedra, el Turutú descansa por las tardes mientras los marineros reparan las artes o se toman una cerveza en el bar flotante. El Turutú siempre está falto de pintura por más que lo pinten. Las ventanas de cristal del puente de mando están llenas de salitre, de modo que cuando miras hacia fuera, aunque luzca un día espléndido, el cristal empañado recuerda la niebla.
Me encantaba entrar en el puente y sobre el asiento de madera protegido por una manta doblada que hacía las veces de cojín, mover la palanca del motor y dar vueltas a la rueda del timón imaginando aventuras a través de los cristales ahumados por la sal. Aquello no era un avión. Apenas tenía una palanca, un par de interruptores y una llave que siempre estaba puesta. En el cristal y pegada por dentro, una estampita de la virgen del Carmen que el patrón miraría durante cada faena, a veces pidiendo y otras dando gracias.
Después de la pérdida de la Almadraba, durante el tiempo del abandono y conviviendo con militares que hacían maniobras como niños jugando a los pistoleros, había en Sancti Petri un buen grupo de barcos de pesca. Todos faltos de pintura y con una estampa de la Virgen del Carmen pegada en el puente. Esta vocación, religiosa en el más amplio sentido y compartida por unos pocos, convertía en algo natural y casi necesario que el día del Carmen fuese celebrado en Sancti Petri. Se organizaban actividades desde por la mañana: juegos para los niños, carreras de sacos y concursos de pesca.
La carrera de sacos la ganó Chanchi, que ahora conduce una ambulancia y quizás no se acuerde. Era un niño muy despierto y descubrió que para correr con sacos era mejor hacerlo a patita coja. He pensado después, en un sentido más amplio, que más vale una sola pierna que dos mal coordinadas. Una vez que se metía en el saco, Chanchi se lo remangaba bien a la cintura, y levantaba una de las piernas. A la pata coja, con el saco bien estirado, Chanchi tomaba ventaja sin traspiés posible…
El momento cumbre, por lo menos para un niño de siete u ocho años, era la cucaña. En la playa de lava-culos, sirviendo el muelle grande de improvisado graderío, se fondeaba un barquito con la marea llena de la tarde. De la proa salía hacia delante un poste de teléfono de madera de diez o doce metros. El palo se aseguraba fuertemente al barco y volaba sobre el agua. Al final del palo se clavaba una pequeña bandera blanca. Con una lata de grasa de motor, púrpura, negra y brillante, se engrasaba el palo a manos llenas hasta convertirlo en una cuerda floja resbaladiza e imposible.
El juego es fácil de explicar: El que sea capaz de andar por el palo de la cucaña sin caerse, y acercarse lo suficiente a la bandera de la punta para cogerla de un salto, ganaba el premio. Decenas de chavales subían al barco, esperaban su turno e intentaban el imposible equilibrio. Cada uno empleaba su propia técnica: algunos intentaban cruzarlo de pié, pasitos pequeños y aleteando brazos en cruz para guardar el equilibrio. Otros eran más brutos y cogían un gran impulso para llegar por velocidad, intentando hacer un solo apoyo en el palo y lanzándose en vuelo hacia la bandera. Estos últimos se llevaban los peores golpes contra el palo y las caídas al agua más estridentes. Después de caer al agua, si el daño no había sido demasiado grande, vuelta al barco y a intentarlo de nuevo. Mientras en el muelle, los chiclaneros disfrutaban del espectáculo comentando por lo bajo quién tenía más posibilidades y pronosticando el inminente traspiés. La fiesta terminaba cuando alguien cogía la bandera, que agitaba desde el agua recibiendo los aplausos del respetable.
Al atardecer, la procesión. Aquel año se embarcó la virgen en el Tururú. El barco de Manolo el Mellizo encabezaría el cortejo marinero de Sancti-Petri hasta la tercera pista, que era donde entonces terminaba la playa, porque no había hoteles y a la torre del puerco solo se iba de excursión. Recuerdo treinta o quizás cuarenta barcos, las cubiertas llenas de gente que se apuntaban al paseo, barcos grandes y pequeños tocando las sirenas. Manolo, vecino de mi calle y padre de Manolito, mi amigo, llevaba el barco con la misma cara de indiferencia que tienen los conductores de los tractores durante la cabalgata de reyes: Concentrados a lo suyo, ajenos a la algarabía. En el estrecho puente nos habíamos acomodado también Manolito y Yo. Recuerdo el olor a pescado y a gasoil, recuerdo el calor y el ruido. Tal vez me marease un poco…
Pero entonces, descubrí algo insólito: La imagen de la Virgen que llevábamos en procesión era la misma que la de la estampita que estaba pegada en el cristal del puente. Comprendí de repente la naturalidad con la que Manolo el Mellizo se tomaba aquel acontecimiento. Mientras todos miraban la escultura de la virgen y vivían aquello como algo extraordinario, Manolo miraba de reojo y como siempre su estampita, y a través de los cristales empañados, veía a lo lejos lo que sólo él comprendía.
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