Bola de fuego

Recomiendo a los padres preocupados por la educación de sus hijos mucho cine en blanco y negro

Quizá ser tan basto sea un detalle finísimo del cine actual. ¿Lo hará por darnos tiempo a mis hijos y a nosotros para ver las viejas películas clásicas en blanco y negro? Cuando nos pongamos al día, tal vez se pongan ellos a rodar como entonces unas películas para ver con el alma esponjada y esponjándose.

Tenga o no ese detalle la industria del cine, nosotros disfrutamos mientras tanto. Ayer vimos Bola de fuego (Howard Hawks,1941). Recomiendo a los padres preocupados por la educación de sus hijos mucho cine en blanco y negro. Para saltar al futuro, nada mejor que coger carrerilla en el pasado. Los valores de este tiempo (sean cuales sean) ya los enseña este tiempo por ósmosis o contagio. Los valores del pasado que todavía siguen conmoviéndonos tienen más papeletas de ser eternos.

Una ventaja adicional es que, si luego uno quiere comentar esas películas, nadie vendrá a quejarse por los spoilers, porque han tenido sus buenos ochenta años para verla. Con todo, por si alguno quiere apuntarse, como debería, yo no voy a contar el argumento principal de esta obra maestra, sino a fijarme en un aspecto secundario, pero de vital importancia.

Siendo una comedia, lo suyo es que todos los personajes, no sólo los protagonistas, acaben felices y contentos, salvo los irremisiblemente malvados, con perdón, que acaban bien cuando acaban mal. Lo interesante que quiero señalar hoy es que, en efecto, todos tienen que tener su final feliz, pero la película no se puede entretener en hacerle a cada secundario un final de besos y campanas de boda, que, además, quedaría cursi.

Entonces Howard Hawks, y su guionista, que era Willy Wilder, nada menos, hacen una maravilla. Basta que una solterona amargada se divierta de veras un momento o que la criada gruñona guiñe al gañan al que odiaba con una recién estrenada complicidad o que unos se alegren sencillamente de la felicidad de los protagonistas para que sintamos que esas vidas también han tenido su final feliz y pleno.

Es una lección quizá más importante que la de la historia principal, si se piensa. Porque casi nunca viviremos la historia principal de ningún guión, pero Bola de fuego, con su pudor bienhumorado, te deja ver que participar en la felicidad general o dar un codazo cómplice a un colega o saber divertirte en tu papel minúsculo y poco brillante ya es una manera muy digna y disfrutable de participar de la fiesta de la existencia.

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