Línea de fondo

melchor / mateo

Animar en silencio

EN una esquina del campo de fútbol, cuatro colegas van a ver al equipo de sus amores en un partido que juega fuera de casa. La semana previa ha estado calentita y los precedentes ya indican que se trata de un partido de alto voltaje. Ni un distintivo en su indumentaria, nada de bufandas y mucho menos una camiseta puesta. Eso sería ponerte en la diana.

Se supone que vivimos en un país libre donde uno debería poder ir a un campo contrario a animar a su equipo, pero el simple hecho de hacerlo te puede costar como mínimo unos insultos y un mal rato. Como reza el dicho, el cementerio está lleno de héroes. Lo de llevarse a un niño ya ni te lo planteas.

En aquella esquina se sientan los cuatro amigos un poco cohibidos por el ambiente y porque se nota que no están en su hábitat natural. Miran a los lados y tratan de buscar con la mirada a otros cómplices. A la derecha hay uno que tiene la misma cara de despistado. Más allá a la izquierda hay otro con una bufanda. Los cuatro amigos hablan en bajo para no levantar sospechas. Son indios a los que se ha sacado de su poblado y tratan de pasar desapercibidos en un fuerte.

Y empieza el partido, y la afición local se calienta y a la mínima falta ya tachan al equipo contrario de asesino. Algunos descerebrados en el fondo sur repiten los cánticos de asesinos, esta vez contra la propia afición del rival. El ambiente raya entre la admiración por cómo aprieta y lo desagradable que resulta que tachen a tu equipo de pseudoterrorista.

Pero ahí siguen en la esquina y poco a poco se van desperezando, como su propio equipo, y ya se atreven a gesticular y se lamentan por los errores en el pase y por alguna oportunidad perdida, pero todo casi en silencio.

Los minutos pasan hasta que acaba el partido y los cuatro amigos se marchan para casa con el mismo sigilo con el que llegaron y sin que su equipo ni siquiera notara que estaban allí.

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