Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Alicia delkader

HABRÍA sido una prima hermana pequeña más de mi mujer, con la que hubiese sido inevitable llevarse muy bien, porque era arrolladoramente simpática. Siendo yo el marido mayor de su prima mayor, nos habríamos concentrado casi lo más seguro en el comodín de la broma de que era "mi prima política", pues, cuando yo me casé con Leonor, ella ostentaba en su apogeo su sensibilidad socialdemócrata, sensibilidad de la que yo (qué les voy a decir que ustedes no sepan) carezco. Lo que daba lugar a alguna que otra amable discusión con argumentos de fogueo y risas de verdad en las reuniones de familia. Y habría seguido con orgullo su carrera profesional, que se auguraba brillante, porque Alicia lo era.

Pero muy pronto, con poco más de 25 años, le diagnosticaron un cáncer gravísimo. La entereza y el ánimo con que recibió la noticia nos impresionaron. Dejamos de hablar de política para centrarnos en asuntos más fundamentales. Con el trato creciente y hondo, aumentaron mi admiración y nuestra amistad. Fue la madrina de nuestra hija mayor.

Durante diez años, esa entereza y ese ánimo fueron a más. Mantuvo una lucha sin cuartel contra la enfermedad, que ha sido lo único que ella no ha derrotado. Porque sí pudo de sobra con el dolor, con el desaliento y con la tentación de sentirse una víctima. Aunque ha muerto, ganó la batalla de la vida. Durante estos años, se casó muy felizmente, tuvo una niña, viajó, leyó, vino sin parar al Cádiz de sus padres y a Zahara, nos reunió en múltiples encuentros familiares, animó a sus amigos… Se nos hizo imprescindible. Con un temple jorgemanriqueño, cuando sintió que la muerte, ya impaciente de tan burlada, aporreaba a su puerta, nos llamó y nos regaló palabras inolvidables. Su vida iba a ser corta, pero profundamente plena, y quería darnos las gracias por la parte (en mi caso, pequeña y, encima, política) que habíamos tenido en ella. Nos quería contentos, porque se iba en paz y había motivos.

No quisiera fallarle en su último deseo, aunque me cuesta. Tal vez se conforme por ahora con mi emoción y mi gratitud. A cambio, le pediría, además, que sea también un poco mi madrina. Que el ejemplo de su valor y de su inteligencia me acompañen siempre, y velen por que sepa estar a la altura de su alegría y de esa plenitud que no es una medida de cantidad, sino de calidad. Nos pidió que nunca la olvidásemos, y eso estaba de más, porque Alicia es inolvidable.

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